Le mandé el correo, feliz, después de nuestra última tutoría literaria: ¡Felicidades!, le escribí, después de trabajar durante muchos meses en su novela. Punto final, y la historia, bien trabada, ceñida y honda, se convierte en la primera obra de su autor, en la que palpitan las horas de trabajo y el vértigo de que pronto será considerada por más lectores que mis ojos y los suyos.
Eduardo Halfon, en El ángel literario, se pregunta por el momento en el que «una persona queda preñada de ese extraño anhelo por narrar, por contar, por escribir». Siempre hay una primera vez, pero nunca certeza sobre cuál fue con exactitud ese momento en el que uno decide que va a escribir, que vale la pena intentar poner en orden un puñado de palabras para poner en marcha una historia. Ese momento se escapa, y muchas veces toca inventarlo.
Podamos o no situar aquella primera luz en la noche de nuestra memoria, en una cosa sí parece que estamos de acuerdo los escritores: en que vale la pena. Esta primera novela de mi amigo, de punto final reciente, es una iluminación necesaria, «¿para quién?», dirán unos, mientras otros torcerán el gesto y mirarán para otro lado, porque parece que no vale la pena escribir, pero hacerlo es siempre una suerte de victoria sobre los olvidos y las indiferencias.
Terminar una novela es también una forma de comienzo. Las nuevas historias comienzan a acercarse poco a poco o en tromba, hasta la mente del escritor, y allí comienza otra vez el oficio. Escribir es escoger, empezando por qué vamos a contar. Y otra vez el pálpito y de nuevo el volver a viejas notas o a escuchar con la mirada unos versos que nos evocan aquello que parecía perdido en la memoria, y se perfilan personajes, se ambientan escenarios, y parece que aflora un cuento o se asoma una novela, un poema, la literatura otra vez.
El autor es escritor.
