Los niños muy pequeños, con un vocabulario aún reducido, nos sorprenden cuando los oímos usar palabras obscenas o expresiones vulgares que oyen a sus progenitores u otros adultos, con la puntualidad apropiada respecto a lo que sucede o donde quepan tales vocablos. Pareciera que conocieran el significado de esas palabras o expresiones y, no solo las pronuncian, sino que las gesticulan con el acento que corresponde. Están aprendiendo por comunicación no verbal, aunque pronuncien palabras cuyo significado desconocen.
La comunicación no verbal es la primera forma de comunicación que iniciamos con nuestros hijos cuando nacen y hacemos contacto piel con piel, los abrazamos y les frotamos su cuerpecito. Luego les sonreímos y los miramos y ellos nos miran y nos sonríen, primero reflejamente y luego con sentido de comunicación. No hemos dicho una sola palabra que entiendan y ya entienden nuestro lenguaje corporal que revela cariño, amor y cuidado.
Con el crecimiento durante esa primera infancia agregamos a su comunicación, palabras, verbalizamos situaciones y ahora los gestos y posturas se multiplican, las miradas lo dicen todo, el fruncimiento del ceño les advierte y la apretazón de los labios les avisa que habría una explosión de palabras, pero sin ellas, han entendido bastante o todo. No tenemos que gritar y ya ellos conocen qué estamos gritando o por gritar.
Cuando nos doblamos para alcanzar su altura, ya el niño sabe de nuestro interés de comunicarnos, de escucharlo. Cuando dibujamos en nuestros labios una sonrisa, él o ella sienten la calidez que existe. Si los tocamos con cariño y suavidad, perciben un acercamiento amoroso. Los movimientos de nuestra cabeza indican aceptación o rechazo de algo que le compete. Y les enseñamos que vernos a los ojos cuando nos hablamos indica respeto y confianza. El niño reconoce inmediatamente el enojo nuestro y la desaprobación, o la alegría y la celebración, y responde a ello. A través de nuestros gestos también descubre en nosotros integridad o falsedad, felicidad o tristeza. Se da cuenta con nuestro lenguaje no verbal, que le descubrimos una mentira o que le aplaudimos una certeza.
Esto también se da entre los adultos. El lenguaje corporal invita al acercamiento o al alejamiento entre una pareja que apenas se conoce o alguna otra que ya ha andado un camino largo y extenso con el otro. La mirada y la comisura bucal usualmente refuerzan la aceptación de lo que el interlocutor dice o, incluso, su misma persona. Los hombros se pueden caer como cansados o el tronco erguirse señalando que el vigor de la relación está presente. Podemos decir “no te creo nada” con solo una mirada lejana o hasta un bostezo, mientras la otra persona habla en una reunión social, o “qué interesante o inteligente que es tu conversación”, con gesto de atención y seguimiento de la conversación, para seguirla gozando. A veces cerramos la boca con fuerza porque es lo que queremos que la otra persona haga: que cierre su boca, que se calle.
Claro que también podemos volver a la famosa directiva: “¿por qué no te callas”, que un rey puede permitirse frente a un plebeyo de incansable verborrea. ¿Recuerdan de situaciones de estas recientes? Las hay por montones, como por montones hay reuniones sociales de presentación con o sin diplomacia, particularmente cuando se conocen personas nuevas e importantes, que traen una trayectoria conocida y cuya amistad nos conviene o queremos cultivar para crecer mejor.
El cuerpo se encorva y se mueve repetidamente, lo que sugiere cansancio, el rostro se derrite, se caen los párpados, la comisura labial se invierte como en las caritas tristes, se marcan los surcos faciales del tiempo, el maquillaje se corre, cuando lo hay, y una expresión sin expresión parece anunciar el final de la conversación.
Lo cierto es que, aunque parezca imposible frente a tanta palabrería en uno de estos encuentros de leguleyos, el lenguaje corporal no verbal ocupa la mayor parte de la comunicación y la más elocuente en un encuentro frente a frente, cara a cara. Cuando el interlocutor se niega a verlo o darse cuenta, corre el imparable riesgo de quedarse hablando solo.
Los estudios de Albert Mehrabian con otros dos investigadores en diferentes épocas, le llevaron a descubrir el impacto de las inconsistencias entre el significado que llevan las palabras habladas y lo expresado por medios no verbalizados. Lo vemos todos los días y no hay que ser expertos en interpretar lo que el cuerpo, los labios, los ojos, el ceño, las manos y los dedos, los pies y los zapatos, y el señor o la señora quiere decir y dice. El mismo Mehrabian era ingeniero, eso sí, brillante y académico, y luego se introdujo en la disciplina de la psicología, donde se formó con conocimiento y respeto de la evidencia dura o probada y las teorías reproducibles, como pilares de la ciencia.
Para Mehrabian, existen tres elementos centrales en la comunicación efectiva de las emociones y las actitudes, cara a cara: el comportamiento no verbal (expresiones faciales o actos corporales), el tono de la voz y el significado literal de la palabra hablada. A pesar de sus limitaciones en la aplicación de resultados, una de ellos que sus poblaciones investigadas eran solo del género femenino, sus estudios se extendieron a otras facetas de la vida cotidiana de los individuos, por ejemplo, su aplicación en el trabajo, en las relaciones maritales y el comportamiento de los electores y, agrego, de los políticos y los diplomáticos.
Mucho más fácil cuando en las manos de los interlocutores hay una copa de champaña, liberando el lóbulo frontal de sus jueces. Noviembre y diciembre nos han dado ejemplos memorables. Entonces, “qué cara, qué gesto”, nos dice qué es esto.
El autor es médico pediatra y neonatólogo

