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¿Qué clase de país construye el futuro destruyendo su memoria?

Conservar la antigua Estación del Ferrocarril de Balboa significa proteger una parte esencial de la historia e identidad panameñas

¿Qué clase de país construye el futuro destruyendo su memoria?
Imágenes de la antigua estación ferroviaria de Balboa. Crédito: Biblioteca del Congreso; Akira Matsushita; Archivo Nacional Americano

Esa es la pregunta que deberíamos hacernos ante la posibilidad de perder la antigua Estación del Ferrocarril en Balboa: ¿qué clase de país queremos ser? ¿Uno que entiende el progreso como la capacidad de avanzar con inteligencia, integrando su historia a las nuevas necesidades urbanas? ¿O uno que, cada vez que mira hacia adelante, siente la tentación de borrar las huellas que explican de dónde viene y por qué es lo que es?

No se trata solamente de un edificio. La antigua Estación del Ferrocarril de Balboa no es una estructura vieja que estorba en el camino de una obra moderna. Es una pieza de la memoria nacional. Es parte de una historia que antecede incluso al Canal y que colocó a Panamá en el centro del mundo mucho antes de que aprendiéramos a nombrarnos como un país de tránsito, de conexión y de encuentro.

El Ferrocarril de Panamá fue una de las grandes hazañas del siglo XIX: una vía capaz de unir el Atlántico y el Pacífico a través de una estrecha franja de tierra. Un ferrocarril interoceánico, único por su significado histórico, que convirtió al Istmo en ruta indispensable para viajeros, comerciantes, trabajadores y naciones enteras que miraban a Panamá como paso estratégico entre dos mares. Antes de que el Canal consagrara nuestra vocación geográfica, el ferrocarril ya la había anunciado.

La Estación del Ferrocarril de Balboa pertenece a esa narrativa. Por sus espacios pasó una parte de la vida cotidiana, económica y social de una época. Allí se cruzaron historias individuales y colectivas: trabajadores, familias, viajeros, funcionarios y ciudadanos anónimos. Por eso duele que, una vez más, el patrimonio sea tratado como una incomodidad y no como una responsabilidad.

Durante décadas, los gobiernos panameños han tenido una relación frágil, cuando no indiferente, con la preservación histórica. Hemos visto deteriorarse edificios valiosos, perderse archivos, transformarse barrios sin criterio patrimonial y desaparecer símbolos que pudieron convertirse en espacios de educación, cultura, turismo e identidad. Con demasiada frecuencia reaccionamos tarde, cuando la maquinaria ya está encendida y la memoria está a punto de convertirse en escombros.

Pero el desarrollo no exige amnesia. Las ciudades que admiramos no son las que destruyen todo lo anterior para parecer modernas, sino las que saben integrar su pasado con inteligencia; conservan estaciones, mercados, plazas, teatros, escuelas y edificios públicos porque entienden que allí vive una parte de su alma colectiva. Modernizar no significa arrasar. Modernizar es saber elegir qué debe transformarse, qué debe adaptarse y qué debe preservarse, porque contiene un valor que no se puede reconstruir una vez perdido.

Panamá necesita infraestructura, sin duda, pero también necesita identidad. No podemos amar a Panamá si no conocemos de dónde venimos. No podemos pedirles a las nuevas generaciones que sientan pertenencia por un país que les borra sus referentes. No podemos defender nuestra soberanía cultural mientras permitimos que desaparezcan los símbolos que explican nuestra relación con el mundo, con el tránsito interoceánico y con la construcción del Panamá moderno.

La antigua Estación del Ferrocarril de Balboa debe ser protegida, restaurada e integrada a la vida pública. Puede convertirse en un museo ferroviario, un centro de interpretación de la historia transístmica, un espacio cultural, un aula viva para estudiantes o un punto de encuentro ciudadano. Lo que no debe ser es otra víctima de la improvisación, la indiferencia o la falsa idea de que el progreso solo se mide en concreto nuevo.

Salvar la Estación de Balboa no es un acto de nostalgia. Es una decisión de país. Es reconocer que la memoria también es infraestructura: sostiene identidad, educa, conecta generaciones y le da sentido al futuro. Porque una nación que destruye sus referentes para avanzar corre el riesgo de llegar más rápido, sí, pero sin saber quién es.

Panamá merece construir futuro. Pero no a costa de destruir su memoria.

La autora es especialista en comunicaciones para la sostenibilidad.


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