En 2018, una noticia conmocionó a la sociedad panameña. Los titulares, como “El Monstruo de Santa Fe”, relataban el caso de un hombre de 43 años que había violado a sus cinco hijas, tres hermanas, algunas vecinas y, además, había practicado la zoofilia con ciertos animales.
Tras este aberrante hecho, la comunidad de Santa Fe, en Veraguas, ha presenciado otros abusos sexuales recientes, cometidos por padres hacia sus hijas. Existen varias hipótesis sobre este tipo de comportamiento, las cuales a veces se entrelazan, generando indicadores híbridos. Un ejemplo de ello es el consumo desproporcionado de alcohol artesanal, que ha derivado en riñas y muertes entre sus consumidores.
El alcohol artesanal, como el chirrisco, guarapo y chicha bruja, parece desencadenar frustraciones reprimidas que se manifiestan en actos de violencia y falta de respeto.
De acuerdo con un reportaje de 2018 sobre el caso del “Monstruo de Santa Fe”, muchas de las víctimas temían denunciar los abusos debido al machismo predominante, que valida la reafirmación masculina mediante actos libidinosos.
En comunidades apartadas, los propios familiares son los responsables de estos abusos, ya que en su infancia fueron testigos de escenas en las que mujeres e incluso varones eran víctimas de mayores. Esto refuerza la idea de que el violador “no nace, sino que se hace”. Lamentablemente, muchos padres ignoran deliberadamente estos actos, considerándolos “normales”, lo que refleja una aceptación social preocupante que requiere una profunda reflexión.
Aunque compartimos un sistema de valores que se inculca en la familia y la escuela, cuando en el hogar predominan los antivalores, resulta difícil que la escuela logre corregir el comportamiento de un potencial violador.
Algunas explicaciones racistas atribuyen estos comportamientos al hecho de que ciertas poblaciones indígenas, como los “indios”, no están civilizadas. Incluso, un medio televisivo presentó encuestas que destacaban la incidencia de abusos sexuales en algunas comarcas. Sin embargo, es importante señalar que los niveles de educación y formación espiritual han contribuido a la disminución de estas prácticas. En la cultura Ngäbe, por ejemplo, la poligamia era legal hasta hace algunos años, pero el creciente proceso de concienciación sobre los derechos de género ha llevado a su paulatina desaparición.
Hoy en día, muchas mujeres Ngäbe-Buglé prefieren el matrimonio monogámico y rechazan rituales que ensalzan la violencia, al entender que no todas las prácticas culturales son beneficiosas.
En las comunidades apartadas, donde los abusos sexuales son frecuentes, es esencial romper el círculo de la violencia proporcionando asistencia integral. Los maestros que enseñan en estas zonas deben ser capacitados para identificar a tiempo posibles signos de abuso en sus alumnos. Las instituciones estatales encargadas de la educación y la familia deben estar presentes de manera constante y no esperar a que ocurra un hecho trágico, como los que hemos visto repetidamente en los medios de comunicación sobre Santa Fe de Veraguas.
El autor es sociólogo y docente.
