Hace unos días conversaba con los escritores Carlos Wynter y Jorge Comensal, sobre nuestro que hacer literario y, cómo no, salió el tema de cuánto hay que leer para ser escritor. Ivette Calpo, moderadora de lujo, nos planteaba la cifra que el periodista español Alberto Olmos proponía: 1,500 libros antes de escribir uno (que no me parece mal), y cita a Pierre Bayard, y su Cómo hablar de los libros que no se han leído.
Hablamos de cómo afrontar el oficio, y estuvimos de acuerdo en que, como nos recordaba Manuel Montilla que dice Borges, nuestro orgullo debe estar en el campo lector antes que en el escritor, por mucho que nos guste nuestro oficio. Leer, más allá de escribir, es una felicidad (otra vez Borges) a la que no se puede obligar, pero a la que no podemos renunciar a la hora de escribir.
Repaso mi biblioteca para constatar todo lo que me falta por leer. Esa exhibición en redes de lo que nos hemos leído, o las recomendaciones tramposas de leerse toda la obra de tal o cual autor antes de “atreverse” a escribir, no esconden más que un ponzoñoso y muy mal tratado complejo de inferioridad estética: ¡basta ya de tanta imposición lectora!
Hay más de uno que se ha leído a Cervantes o a Dostoievski y no le ha servido de nada: afrontan la escritura sin el talento que hace falta. Y es que hay que reconocer que las muchas lecturas no necesariamente te convierten en escritor, pero las pocas y perezosas todavía menos.
Siempre seremos lectores y siempre será más lo que tengamos que leer que lo leído. Siendo así, tranquilos: lean mucho, a los clásicos, a los populares; lean con conocimiento de causa o a salto de mata: nadie podrá quitarnos lo leído, y nunca sabremos cuál será esa obra que nos empuje a encontrar nuestra voz: es una aventura que desatamos con cada libro que leemos.
El autor es escritor
