La inequidad y la desigualdad en las oportunidades educativas persisten en Panamá, a pesar de los discursos, consensos y políticas públicas que reiterativamente apuntan a la urgente necesidad de transformaciones educativas.
Analicemos cómo culmina el año escolar 2022. Tras dos años en los que no hubo clases presenciales, los estudiantes regresaron a sus escuelas. Lo cierto es que hubo una inequitativa y desigual educación a distancia. Se enfrentaron grandes dificultades para el logro de aprendizajes, para la retención en el sistema y para el combate a la desnutrición. Según la Unicef, el 69% de los niños y niñas en hogares en el nivel socioeconómico más retador utilizaron un celular para recibir clases a distancia; el 53% de los hogares consideran que la calidad del aprendizaje de sus hijos no fue la adecuada; y solo 3 de cada 10 estudiantes en escuelas públicas interactuaron varias veces al día con sus docentes.
Un importante porcentaje de escuelas oficiales no estuvieron en las mejores condiciones. La interrupción de clases de casi un mes en julio de 2022 afectó la capacidad de recuperar los aprendizajes perdidos.
Ya las evaluaciones de la prueba ERCE 2019 previnieron que un alarmante porcentaje de estudiantes de tercer y sexto grado no tenían las competencias mínimas en lectura y matemática. Lo cierto es que no existe suficiente data dura que muestre cuál fue el desempeño de los estudiantes en 2022.
De la poca información existente, hay que rescatar que se incrementaron los fracasos escolares. En el pasado, el promedio anual de reprobados era de 27 mil estudiantes aproximadamente. En 2021 esta cifra aumentó a 34 mil alumnos. Para 2022, las autoridades educativas indican que cerca de 54 mil estudiantes reprobaron asignaturas -el doble de los años anteriores-. Esto es delicado pues el fracaso escolar es la antesala a la deserción escolar y a serios problemas sociales.
No todo son malas noticias. Se han logrado importantes avances para el mejoramiento de la calidad de la educación con herramientas como los Derechos Fundamentales del Aprendizaje (DFA); las Guías PRISA, una iniciativa del Ministerio de Educación (Meduca) y del Laboratorio de Investigación e Innovación en Educación para América Latina y el Caribe (Summa); Aprendamos todos a Leer (ATAL); y la plataforma Ester.
Desde la sociedad civil se han implementado programas como Kasanga, Dame un Chance, Préndelo, Aliado por la Educación e Imaginando una Educación para Cambiar Vidas.
A la sociedad le corresponde asumir el reto de entender que la educación es compromiso de todos y que se debe actuar en consecuencia.
Es imprescindible aprovechar la presencialidad de los estudiantes para implementar estrategias de recuperación de alumnos y de aprendizajes utilizando herramientas como la Red de Retención y Reinserción Escolar, creada por el Consejo Permanente Multisectorial para la Implementación del Compromiso Nacional por la Educación (Copeme) en 2020.
Los retos de 2023 incluyen la implementación de las políticas públicas consensuadas en diálogos como el Compromiso Nacional por la Educación y el Pacto del Bicentenario; la realización de una evaluación censal de los aprendizajes como las Pruebas Crecer que permita medir la magnitud de las deficiencias de los estudiantes y tomar decisiones basadas en evidencia; la implementación de ofertas de aprendizaje paralelas durante el año escolar; el uso de las herramientas disponibles a nivel de las escuelas; la retención de los alumnos en el sistema, en particular, entre trayectorias escolares; y la disponibilidad de educación tecnológica de calidad, así como educación inicial (0 a 4 años).
En lo administrativo, es indispensable fortalecer y agilizar los procesos del uso del Fondo de la Calidad y Equidad de la Educación (FECE) y asegurar que todas las escuelas estén listas para iniciar el año lectivo 2023, el 6 de marzo.
Toda inversión en educación debe tener impacto en mejorar la calidad y la equidad de la educación.
Ofrezcamos la oportunidad de seguir construyendo un país más justo y equitativo en el que cada niño y niña tenga las condiciones necesarias para desarrollar su potencial. Panamá, tiene un camino evidente para combatir con éxito la corrupción, la pobreza y la desigualdad: educación incluyente y de calidad para todos.
El autor es miembro de Jóvenes Unidos por la Educación y LIIC 2018 y LLAC 2.0 2020.
