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¿Qué significa realmente tener éxito?

 ¿Qué significa realmente tener éxito?

Un buen amigo me contó una anécdota que nunca olvidaré. Comparó la vida con una carrera de caballos.

Me dijo que imaginara la gatera como el punto de partida. Hay quienes salen despepitados, apurados por llegar primero. Corren tan rápido que en la primera curva patinan y se caen. Otros salen a buen ritmo, conscientes de que es una carrera de distancia. Y también están quienes, cuando se abre la gatera, se quedan paralizados por el miedo.

En aquel momento pensé que mi amigo tenía toda la razón. Yo había sido uno de los que salieron despepitados y me caí en la primera curva. Me levanté varias veces en el camino, tan solo para volver a tropezar con baches, precipicios y hasta con algunos muros.

Durante mucho tiempo creí que mi problema había sido correr demasiado rápido. Hoy pienso que fue otro: ni siquiera sabía hacia dónde estaba corriendo.

Con los años he comprendido que aquella carrera no era solamente la mía. Todos salimos de nuestra propia gatera y comenzamos a correr, muchas veces persiguiendo aquello que desde jóvenes aprendemos a identificar como señales de éxito: dinero, propiedades, posición, poder, popularidad, reconocimiento y aprobación de los demás.

La comparación puede convertirse en parte de esa carrera. Ya no importa solamente lo que tenemos, sino cuánto tenemos en relación con otros.

Las redes sociales le han puesto un marcador visible a algo que probablemente siempre existió. Hoy contamos seguidores, visualizaciones y los famosos likes. Antes nos comparábamos con el vecino, un compañero de trabajo o un amigo. Ahora podemos compararnos diariamente con miles de personas. Y muchas veces terminamos comparando nuestra vida real, con todos sus problemas e imperfecciones, con una versión seleccionada, maquillada y hasta falsa de la vida de los demás.

Esa es una carrera imposible de ganar. Siempre habrá alguien con más dinero, más poder, una casa mejor, mayor reconocimiento o más seguidores.

Morgan Housel, autor de The Psychology of Money y The Art of Spending Money, ha escrito sobre cuánto influyen nuestra conducta, expectativas y emociones en la relación que tenemos con el dinero. De allí surge una pregunta sencilla pero profunda: ¿cuándo es suficiente?

Si nuestra definición del éxito siempre exige un poco más, ninguna meta será suficiente, porque apenas lleguemos a ella estaremos mirando la siguiente.

También podemos confundir necesidades con deseos.

Necesitamos alimentación, vivienda, salud, seguridad y afecto. Después existen innumerables cosas que queremos, y desearlas no tiene nada de malo. Aspirar a progresar, generar riqueza y disfrutar de las cosas buenas también forma parte de la vida.

Muchas veces la calidad, el diseño, la comodidad o la excelencia tienen un precio mayor. Podemos disfrutar de un buen automóvil, un reloj, una casa o un viaje. El problema no está en cuánto cuestan, sino en por qué los queremos y qué estamos dispuestos a sacrificar para tenerlos.

Una cosa es pensar: “Me gustaría tenerlo”. Otra es convencernos de que “necesitamos tenerlo”. Y otra muy distinta es quererlo simplemente porque alguien más lo tiene.

Cuando convertimos un deseo en necesidad, ese deseo comienza a ejercer poder sobre nosotros. Podemos endeudarnos y sacrificar ahorro, tranquilidad o tiempo con nuestra familia para conseguir algo que quizás pronto será sustituido por un nuevo deseo.

Las cosas deberían estar a nuestro servicio, no nosotros al servicio de ellas. Endeudarnos para aparentar una prosperidad que no tenemos puede comprometer precisamente aquello que más adelante necesitaremos: seguridad para una emergencia, educación, ahorro o tranquilidad para cuando ya no podamos trabajar.

Quizás parte de la libertad consista en distinguir entre lo que necesitamos, lo que queremos y aquello que queremos solamente porque otros lo tienen.

La búsqueda permanente de más puede producir también una especie de ceguera de valores. Cuando ganar se convierte en lo único importante, podemos terminar sacrificando relaciones, familia, tranquilidad y hasta nuestros principios. En algunos casos, hay quienes llegan a cruzar la frontera de la ilegalidad. En otros casos extremos, algunas personas se frustran tanto por no haber alcanzado aquello que creían que las haría felices que terminan quitándose la vida.

Quizás el error comienza cuando confundimos tener más con ser más.

También vale la pena distinguir entre felicidad y paz mental.

Carl Jung identificaba entre los factores que contribuyen a la felicidad la buena salud física y mental, las relaciones familiares y de amistad, la capacidad de apreciar la belleza, un nivel de vida razonable y un trabajo satisfactorio, además de una visión filosófica o religiosa que nos ayude a encontrar sentido.

Resulta interesante que entre esos factores no aparezcan la acumulación de riqueza, el poder, la popularidad ni el reconocimiento. Jung incluso advertía que ni siquiera reuniéndolos todos existe garantía de felicidad.

Cerrar un buen negocio, comprar algo que deseábamos, viajar o alcanzar una meta puede hacernos felices. Esa felicidad es real, pero muchas veces es momentánea, pasajera, efímera.

La paz mental es diferente. No significa estar permanentemente felices ni vivir sin problemas. Podemos atravesar momentos difíciles y conservar la paz cuando sabemos quiénes somos, cuáles son nuestros valores, quiénes son importantes en nuestra vida y hacia dónde queremos dirigirla.

Quizás muchas veces perseguimos la felicidad cuando, en realidad, lo que estamos buscando es paz.

En The Art of Spending Money, Housel propone un ejercicio que vale la pena hacer: imaginarnos qué quisiéramos que las personas pensaran o dijeran de nosotros cuando ya no estemos aquí. Probablemente quisiéramos que recordaran que fuimos buenas personas, que amamos a nuestra familia, que tratamos bien a los demás, que fuimos buenos amigos y que ayudamos a quienes lo necesitaron. Difícilmente alguien aspiraría a ser recordado por el automóvil que manejó, la casa en la que vivió o cuánto dinero tuvo en el banco.

Quizás pensar en cómo quisiéramos ser recordados al final de nuestra vida pueda ayudarnos a decidir cómo queremos vivirla hoy.

Entonces, ¿qué significa tener éxito?

Tal vez tenga más que ver con sentarnos alrededor de una mesa con nuestra familia y disfrutar de estar allí; tener amigos a quienes llamar cuando las cosas van mal; encontrar propósito en lo que hacemos; tener tiempo para quienes queremos; conservar nuestros principios; alcanzar seguridad económica y poder dormir tranquilos.

Nada de eso significa renunciar a la ambición. Podemos crecer, crear empresas, generar riqueza, disfrutar de cosas buenas y dejar un patrimonio a nuestros hijos. También podemos utilizar lo que hemos logrado para ayudar a los demás y crear oportunidades.

Siempre he pensado que solo puede dar el que tiene. Para compartir riqueza primero hay que crearla; para generar empleos alguien tiene que emprender e invertir; y para ayudar materialmente a otros necesitamos tener algo que compartir.

El dinero no es el problema. Es una extraordinaria herramienta para cuidar a nuestra familia, disfrutar, crear oportunidades y ayudar a los demás. Pero es una pésima definición del éxito. Lo mismo ocurre con el poder, la popularidad y el reconocimiento.

Ahora, cuando recuerdo aquella conversación, pienso que a la metáfora de mi amigo le faltaba algo.

En una carrera de caballos todos conocen la meta antes de salir de la gatera. En la vida no siempre ocurre así. Muchas veces comenzamos a correr simplemente porque vemos correr a los demás.

Y quizás hay algo todavía más importante: esta carrera no es contra los demás. Es contra nosotros mismos.

Tal vez no se trate de llegar más lejos que alguien, sino de ser hoy un poco mejores de lo que fuimos ayer, sin perder en el camino aquello que verdaderamente importa.

Afortunadamente, caerse no significa que la carrera haya terminado. Mientras quede camino, siempre podemos preguntarnos nuevamente hacia dónde queremos ir.

Tal vez el éxito no consista en llegar primero.

Tal vez consista en llegar al lugar correcto.

Y quizás pasamos demasiado tiempo preguntándonos cómo alcanzar el éxito, cuando la pregunta que debimos hacernos desde el principio era otra:

¿Qué significa realmente, para cada uno de nosotros, tener éxito?

El autor es empresario, consultor, caballero de la Orden de Malta.


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