La frase ¡qué wencha! es una expresión coloquial cuyo significado varía según el país o el contexto. Se utiliza con frecuencia como una deformación de “¡qué vaina!”, “¡qué cosa!” o “¡qué situación!”.
Lanzamos la expresión en tono de enojo, pero hasta allí. Después, ¡no pasa nada! Por eso, a los gobiernos de turno no les importa y hacen lo que les da la real gana. Prometen terminar con la corrupción, la impunidad, el nepotismo y la inseguridad. ¡Qué va! Nos quedamos sentados, esperando, cual foca.
La arrogancia y prepotencia de los altos funcionarios de gobierno se repiten año tras año. Solo cambian, a veces, los actores. Las políticas siguen favoreciendo al grupo privilegiado del círculo cercano al mandatario, quien actúa según su conveniencia.
En la actualidad, el gobierno ha adoptado como estrategia política retomar la terminación de obras de infraestructura —escuelas, puentes, carreteras, centros deportivos— gestionadas por administraciones anteriores y que, por diversas razones, quedaron inconclusas. Muy hábilmente, otorga contrataciones directas a empresas escogidas sin mayor transparencia para que las terminen, incrementando muchas veces los costos hasta duplicarlos, con el argumento del paso del tiempo. Luego, esto se presenta como un gran logro de gestión.
Estas acciones recuerdan una frase que se viralizó en su momento y que resultaba tóxica para muchos: “robó, pero hizo”.
¡Qué wencha!
Años atrás, se realizaron concentraciones, marchas y manifestaciones espontáneas, conformadas por una gran cantidad de jóvenes que se oponían a la minería a cielo abierto. Se logró que la Corte Suprema de Justicia declarara inconstitucional la Ley 406, que aprobaba el contrato entre el Estado y Minera Panamá, por violar 25 artículos de la Constitución.
Hoy, el gobierno habla de una “asociación” —no contrato— entre el Estado y la empresa minera. Palabras más, palabras menos, se busca reactivar la actividad con mayor participación estatal. ¿Y las violaciones y afectaciones ambientales?
¡Qué wencha!
Ahora resulta que las placas vehiculares de 2026 a 2030 llevan impresa la frase “Con paso firme”. Es un abuso de autoridad. Se vulneran libertades al imponer una expresión oficial. Las placas son un instrumento público obligatorio, no un espacio de propaganda política.
¡Qué wencha!
Entidades autónomas como el Idaan (Instituto de Acueductos y Alcantarillados Nacionales), con personalidad jurídica propia y autonomía administrativa, cuentan con juntas directivas que definen sus políticas. Sin embargo, el presidente José Raúl Mulino anunció que designará a una persona de su confianza como enlace directo con la institución, restando peso a sus órganos formales.
¡Qué wencha!
El gobierno impulsa el proyecto del etanol (alcohol carburante), planteando su mezcla obligatoria de hasta el 10% en la gasolina. Se argumenta que generará empleo, pero surge la pregunta inevitable: ¿quiénes se beneficiarán realmente?¿Serán los dueños de los ingenios azucareros?
Alguien está celebrando. Alguien está en “la papa”.
¡Qué wencha!
Es frustrante que ocurran este tipo de situaciones y que uno no diga “ni esta boca es mía”. “¡Qué wencha!” no es una simple frase. Es un símbolo de hartazgo, una expresión callejera que mezcla indignación y sarcasmo. Cuando la decimos, damos a entender que algo no es justo.
Sin embargo, también puede simplificar en exceso problemas complejos. La indignación debe traducirse en propuestas, participación y vigilancia activa, para que no se diluya con el tiempo, como suele suceder.
Por eso, a los múltiples ¡qué wencha! que a diario pensamos y expresamos, démosles la debida diligencia.
La autora es arquitecta.


