El nombre Panamá, en el escenario mundial, ha figurado en numerosos titulares internacionales como el epicentro de monumentales obras ingenieriles en los últimos tres siglos. Desde el lago artificial más grande del mundo, hasta un tercer juego de esclusas. Desafortunadamente, el nombre también es asociado con sonados casos de corrupción.
Nuestra historia nos ofrece importantes lecciones. En varios casos, se identifican ‘modus operandi’ con similitudes a conductas modernas. Las exponemos, convencidos que es pertinente la frase del célebre poeta George Santayana: “Aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo”.
Desde la concepción de la región interoceánica, a partir de su naturaleza catalizadora del comercio e intercambio de productos, encontramos el precedente directo. En 1543, la Corona española estableció el sistema de flotas y ferias, entramando el monopolio comercial entre las colonias. Para los foráneos, esto significó el impedimento de operaciones en la zona, debido al llamado ‘Mare Clausum’, que fija las condiciones necesarias para el desarrollo de la piratería y el contrabando de mercancías. El contrabando de una vasta variedad de artículos de comercio ilícito en el mercado proliferó durante el siglo XVIII, siendo su epicentro, Natá de los Caballeros, con las bandas la Sacra Familia, el Apostolado de Penonomé y la Real Jurisdicción de Natá.
En 1888, la compañía del Canal francés se declara en bancarrota tras el fallido intento de construir una vía acuática. Tras la venta de acciones por unos 500 francos, miles de ahorristas franceses invertirían su dinero, vendiéndose unas 600 mil acciones para ejecutar las obras del canal. Una falla de diseño resultaría en la caída de las acciones en la Bolsa. Se consolidó un esquema que promovió el soborno y las dádivas a miembros del parlamento, políticos y periodistas para mitigar la mala publicidad y la fuga de inversionistas. La quiebra de la Compañía del Canal francés trajo como resultado 14 mil desempleados, 850 mil suscriptores estafados, 1,440 millones de francos perdidos y la caída del gobierno de Clemenceau. Se trata de uno de los casos de corrupción más sonados del siglo XIX. Para la posteridad, se inmortalizaría en Francia la frase ‘Quel Panama!’ para referirse a un embrollo irresoluble.
En el siglo XX, en un mundo más vanguardista y con la joven República recién constituida, surgen normativas como la Ley 8 de 1925 -por la que se establece la nacionalización de naves- y la Ley 32 de 1927 -sobre sociedades anónimas-. Estas leyes se contextualizan en un panorama en el que Estados Unidos mantenía “la prohibición” sobre fabricación, transporte, importación, exportación y la venta de alcohol, y existiendo la necesidad inminente de creación de personerías jurídicas para el sustento de los negocios. Casi un siglo después, la ley de sociedad anónimas sigue causando polémica, con investigaciones periodísticas como los Papeles de Panamá.
En la actualidad, pese a que contamos con herramientas disuasivas del Derecho Internacional para enfrentar los efectos de la corrupción, como La Convención de las Naciones Unidas Contra la Corrupción, suscrita por el Estado panameño, Panamá ocupa la posición 105 en el ‘El Índice de Percepción de la Corrupción’ entre 180 países. De cara a los movimientos sociales que, desde la sociedad civil, surgen, consecuencia de un descontento que se nutre ante la impunidad de quienes cometen actos de corrupción, el llamado de atención es enérgico a algunas figuras que ostentan el poder, ante su declive de legitimación, consecuencia de su insistente opaco modus operandi que incide en la buena marcha de la administración pública.
En Jóvenes Unidos por la Educación velamos por la formación continua. Optamos por la ética y creemos en el cumplimiento de estándares globales para ser agentes de cambio. Somos creyentes en el ejercicio de una ciudadanía efectiva para un exitoso pase generacional. Aunque sabemos que la historia no debe ser interpretada desde un sólo ángulo, nos ayuda a comprender el origen de conductas y actitudes inapropiadas y, ojalá, frenar de raíz la corrupción que, desde el presente, nos roba el futuro.
El autor es egresado del Laboratorio Latinoamericano de Acción Ciudadana 2021.