Exclusivo

Quién te la hizo, quién te la paga

Quién te la hizo, quién te la paga

¿Por qué nuestra naturaleza humana es tan guerrerista? ¿Por qué no toleramos un roce, un empujón, un gesto, una mala actitud? ¿Por qué no aguantamos con serenidad un tranque, una demora, un accidente en la vía? ¿Por qué contestamos con una piedra en la mano cuando no logramos nuestro propósito? ¿Por qué nos desquitamos con la familia, con la esposa, incluso con los hijos, cuando nos va mal en el trabajo o en otro sitio?

Parece que lleváramos dentro un pequeño cobrador de deudas.

Alguien nos hace algo y, de inmediato, aparece la pregunta: “¿Quién te la hizo? ¡Quién te la paga!”.

Nos cuesta muchísimo aceptar que algunas cosas simplemente pasan. Que alguien se equivoca. Que otro nos lleva la contraria. Que una persona puede tener un mal día. Que el conductor de adelante no necesariamente frenó para fastidiarnos la vida. Que el empleado que nos atendió mal quizá también viene cargando sus propios problemas.

Pero no. Nosotros queremos justicia inmediata.

Nos cierran el paso y queremos cerrarle el paso al otro. Nos insultan y buscamos un insulto más grande. Nos niegan algo y queremos negarle algo a quien nos lo negó. Nos hacen una mala jugada y empezamos a preparar la revancha como si estuviéramos organizando una operación militar.

Y lo curioso es que muchas veces el problema no es lo que nos hicieron, sino lo que hacemos nosotros después.

Un roce en la calle puede convertirse en una discusión. La discusión, en un insulto. El insulto, en una amenaza. Y de pronto dos personas que hace cinco minutos no se conocían están dispuestas a arruinarse el día, la semana y, si se descuidan, hasta la vida.

Todo por un roce.

Nos falta paciencia.

Paciencia para esperar. Para escuchar. Para dejar pasar. Para respirar antes de contestar. Para entender que no todo merece una respuesta y que no toda provocación necesita un protagonista.

Y en la casa…

Llegamos disgustados porque algo salió mal en el trabajo y, en lugar de dejar el problema en la puerta, lo metemos a la sala, lo sentamos a la mesa y lo repartimos entre todos. El jefe nos habló mal y terminamos hablándole mal a la esposa. El cliente no pagó y le contestamos mal al hijo. El tranque estuvo horrible y la familia recibe la factura.

Tenemos una memoria extraordinaria para las ofensas y una memoria bastante selectiva para nuestras propias equivocaciones.

Recordamos perfectamente quién nos falló hace diez años, quién no nos invitó, quién habló mal de nosotros, quién nos quedó debiendo, quién nos hizo una mala jugada. Pero, curiosamente, olvidamos aquellas veces en que fuimos nosotros los que fallamos, hablamos mal, no invitamos, quedamos debiendo o hicimos una mala jugada.

Tal vez por eso vivimos cobrando cuentas que nadie nos pidió cobrar.

Y aquí viene lo más peligroso: confundimos paciencia con debilidad.

Creemos que si no respondemos somos cobardes. Que si no devolvemos el golpe, perdimos. Que si dejamos pasar una ofensa, el otro “ganó”.

¿Ganó qué?

¿Una discusión?

¿Un insulto?

¿Cinco minutos de satisfacción?

Porque la verdadera victoria quizá sea otra: tener la capacidad de no convertir una molestia en un problema mayor.

No se trata de aguantarlo todo ni de permitir que los demás abusen de nosotros. Se trata de aprender a escoger nuestras batallas. Hay cosas que necesitan una respuesta, sí. Pero hay muchas otras que solamente necesitan paciencia.

La vida es demasiado corta para vivir preguntando quién nos la hizo y preparando quién la va a pagar.

A veces sería mucho más saludable decir:

“Me la hicieron. Me molestó. Pero aquí termina”.

Porque si cada ofensa nos obliga a buscar un culpable, un responsable y una víctima, terminaremos convirtiendo la vida cotidiana en una guerra donde nadie recuerda siquiera por qué empezó la pelea.

Quizá el problema sea que nacemos creyendo que el mundo nos pertenece.

Mire a un bebé: tiene hambre, llora. Tiene sueño, llora. Está incómodo, llora. No le importa si mamá está cansada o si papá está ocupado. El bebé no conoce la palabra “espera”. Su pequeño universo gira alrededor de sus necesidades.

Y es comprensible. Está aprendiendo a vivir.

Lo preocupante es que algunos seguimos viviendo como bebés muchos años después.

Nos molestan las filas, los tranques, las demoras, las opiniones contrarias, el vecino, el compañero de trabajo, el cónyuge, el jefe, el que se nos atraviesa, el que no nos da la razón. Queremos todo rápido, todo a nuestra manera y, cuando no ocurre, aparece el berrinche disfrazado de adulto.

El bebé llora, pero el adulto insulta, toca la bocina, acelera, se venga, humilla, grita o descarga su frustración con quien menos culpa tiene.

Hemos aprendido a caminar, a trabajar, a conducir, a ganar dinero, a manejar un teléfono inteligente… pero a algunos todavía les cuesta aprender a manejarse a sí mismos.

Y quizá esa sea una de las grandes tareas de la vida: dejar de creer que todo lo que nos incomoda merece una reacción.

No todo roce merece una pelea; no toda ofensa, una venganza; no toda demora, un insulto; ni toda negativa, un enemigo.

La paciencia es tener el poder de responder y decidir que no vale la pena.

Así que la próxima vez que alguien nos haga una mala jugada y aparezca esa vieja frase: “Quién te la hizo, quién te la paga”, quizá convenga cambiarla por otra: “Mi paz es mi perdón”.

El autor es ingeniero retirado.


Última Hora

  • 03:30 Jefferson y Hamilton: legado de una rivalidad Leer más
  • 03:15 La caverna de Platón Leer más
  • 03:00 Quién te la hizo, quién te la paga Leer más
  • 02:45 ¡Nocaut fiscal! El desatinado impuesto digital va ‘pa’ atrás’ Leer más
  • 02:45 Leche humana: un sistema biológico vivo Leer más
  • 02:34 Qué es el colapso glaciar que se cree que causó la devastadora avalancha en Nepal Leer más
  • 02:16 Fuerzas militares de Estados Unidos, Colombia y Ecuador preparan ofensiva contra narcos en frontera Leer más
  • 02:15  ¿Qué significa realmente tener éxito? Leer más
  • 02:10 Ceuta y Melilla, una hipotética retrocesión pactada a 20 años Leer más
  • 01:45 Las OBC: guardianas del ambiente desde las comunidades Leer más