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Ideología

Quiénes y cómo están educando a nuestra juventud

En un país donde la educación se encuentra en el octavo lugar de importancia en las encuestas populares, y donde los diferentes componentes del sistema educativo prefieren bajar la vara pedagógica para poder graduar a sus discípulos —sin saber redactar una carta o comprender un texto— en vez de corregir los métodos y cambiar los pensum académicos, debo concluir que así nunca podremos construir el futuro promisorio que merece nuestro país.

Encubrir la incompetencia de los educadores eliminando los programas de evaluación internacional de sus estudiantes (Pruebas PISA) es una demostración más de la poca vocación e interés del magisterio nacional por lograr la necesaria reingeniería formativa.

Ni siquiera manifiestan estar conscientes de ese grave problema, pues este año miles de maestros de enseñanza pública declararon otro paro ilegal, que duró 90 días, para oponerse a una ley que no afectaba sus intereses. Pero, a diferencia de otros gobiernos, por lo menos el actual advirtió —y cumplió— con no pagar el salario correspondiente a quienes no habían asistido a las aulas. Sin embargo, raudos y veloces, algunos legisladores de la patria boba, en una muestra de apoyo moral o de populismo inmoral, presentaron un proyecto de ley que les concedería un asueto adicional anual de 60 días pagados, como un nuevo derecho laboral para que puedan realizar, sin consecuencias, futuros paros injustificados.

A diario nuestros economistas repiten estadísticas del creciente desempleo en el país y del consecuente aumento del trabajo informal. También analizan la inmensa deuda pública heredada de los gobiernos anteriores, considerada imposible de pagar con la actual recaudación de impuestos, sumada a los enormes subsidios, jubilaciones especiales y botellas irrompibles, como las de la Asamblea Nacional. Creo que sería muy didáctico que acompañaran tan importantes mediciones señalando también la principal causa de este triste presente, que no es otra que el gran retroceso pedagógico al que educadores sin vocación —guiados por líderes con ideologías importadas— están boicoteando el capital laboral futuro de la patria.

Igualmente interesante sería conocer estadísticas de cuántas ONG privadas realizan en el país labor social, alimentan y alojan a cientos de miles de niños o indigentes que, a diferencia de los mal llamados líderes populares, durante los desastres naturales o epidemias no salen a la calle para reconfortar a su amado pueblo ni compartir con ellos parte de sus conocidos y jugosos beneficios.

¿Cuántas veces escuchamos a esos dirigentes sindicales o maestros hablar de mayores subsidios, exigir empleos y salarios dignos y culpar de ello a la empresa privada, cuando ellos bien saben que ningún gobierno produce riqueza para invertir en las necesarias obras sociales y que la principal fuente de las finanzas públicas y de empleos dignos proviene de dichas empresas privadas?

También resulta un secreto a voces la estrategia de las izquierdas latinoamericanas, que circula en videos con los propósitos y propuestas ideológicas del Foro de São Paulo, iniciado por el Partido de los Trabajadores de Brasil, o del más reciente Foro de Puebla, en México, apoyado por las denominadas izquierdas del siglo XXI desde España. En sus planes destacan, como puntos relevantes, que para mantener un mayor control social de la población resulta efectivo:

a) Mantener al pueblo dependiente de los favores y subsidios del poder.

b) Limitar las oportunidades económicas, fomentando el alto desempleo.

c) Restringir el acceso educativo de los jóvenes.

Para muestra, cito palabras de líderes como Hugo Chávez o Gustavo Petro: “Cuando un pobre obtiene un título universitario y logra escalar al nivel de la clase media, lo perdemos; o si un pobre tiene éxito en algún emprendimiento y llega a ser rico, se convertirá en enemigo de nuestra causa.”

Es obvio que la ignorancia y la pobreza son dos de los principales pilares en los planes de algunos líderes de izquierda, pues así impiden el progreso y evitan que los países democráticos puedan resolver los problemas de la población. Queda claro, entonces, quiénes, cómo y por qué están destruyendo la educación pública y el futuro de nuestra juventud.

El autor fue ministro de Comercio e Industrias y embajador de Panamá tanto en Washington como en Italia.


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