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Quiero ser abogada

“Tienen que estudiar Comercio, porque así podrán trabajar cuando se gradúen del colegio y podrán pagarse la universidad”. Estas fueron las palabras de mi papá a mi hermana y a mí cuando estábamos por ingresar al segundo ciclo (décimo grado). Esa sentencia fue irrebatible, tanto mi hermana como yo nos matriculamos en Comercio (en mi colegio las opciones solo eran Ciencias y Comercio). Culminé el sexto año en el Instituto Urracá, ocupé el segundo puesto de honor y recibí una beca por mi rendimiento académico. Pero antes de graduarme, durante un mes realicé mi práctica de Comercio en un banco de la ciudad de Santiago, y, al culminarla, me dije a mí misma: ‘si así es el comercio, no me gusta’. Días después contacté a un tío que era abogado y le dije, ‘tío, quiero ser abogada, pero estudié comercio’.

A renglón seguido, me encontraba frente al Dr. Humberto Ricord, entonces decano de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad de Panamá. “Humberto, mi sobrina quiere ser abogada, pero estudió Comercio”. El Decano me mira, conversamos, me explica las condiciones que me va a poner, toma un fólder crema de los largos y un piloto y en su portada escribe: Maribel Cornejo Batista, estudiante de Comercio, puede optar por el título de abogada si cumple estos 3 requisitos: 1. Aprobar el Curso de Capacitación; 2. No puede fracasar en alguna materia, y 3. Deberá aportar un diploma de Letras, antes de recibir su título de abogada. Ese fólder se convirtió en mi expediente durante la carrera.

¿Cómo cumplí los requisitos? Con mucha disciplina y estudio, ya estaba advertida de las tres cosas a las que me había comprometido frente al decano de la Facultad y no podía hacer quedar mal a mi querido tío Dídimo Escartín. Esto ya era una cuestión de honor.

Requisito 1: Mucho estudio, aprobé el Curso de Capacitación que en ese momento impartía la Universidad a los estudiantes nuevos.

Requisito 2: Mucho estudio, gracias a lo cual culminé mis 10 semestres, todos en la jornada de la mañana, sin hacer cambio de profesores. Al cabo del quinto semestre (cuando la Facultad definía el promedio), pertenecía al Capítulo de Honor Sigma Lambda de la Facultad (puntaje académico de 2.5 en adelante). Cada 3 meses iba a la Caja de Ahorros del campus universitario a cobrar el cheque de la beca que había obtenido en el colegio, B/.125.00 al mes. Nunca tuve que trabajar para pagarme los estudios. A los estudiantes Sigma Lambda se nos exoneraba de pagar el costo de la matrícula que era de B/.24.00.

Requisito 3: Al culminar los 10 semestres, fui a un colegio nocturno a matricularme, para hacerme acreedora al tan esperado diploma de Letras. Me encontré con una persona que toda la vida he identificado como un ángel que Dios colocó en mi camino: la profesora Edilma Moreno, directora del Centro Laboral Nocturno que operaba en el Instituto Comercial Panamá. Le expliqué mi situación y me dijo que le llevara mis créditos de Comercio. Ellos los examinarían y me harían un plan de estudio una vez convalidaran las materias. Así fue, esta nocturna me acogió durante 7 meses consecutivos … fui a sentarme como una alumna más a recibir clases de esos excelentes profesores que estaban allí formando a gente que no había tenido la posibilidad de estudiar su secundaria en el día, porque trabajaban de día y estudiaban de noche.

Recuerdo que el profesor de Francés, apellido Cogley me decía “la pichona de abogada”. Me tocó asistir a clases, dar charlas, presentar trabajos escritos y hacer los exámenes correspondientes. Nunca olvido la noche que retiré por ventanilla el certificado que me acreditaba como Bachiller en Letras, fue una noche muy importante en mi vida. He tenido la oportunidad de estudiar diplomados, maestrías y otras certificaciones y siempre he considerado que ese certificado de Letras ha sido mi título más importante.

Cuando presenté mi certificado de Letras al Decanato, cuyo decano era ya el Dr. Edgardo Molino Mola, en un sentido literal, casi se cae de su silla. Puesto que tiempo atrás, después de asumir su cargo, y cuando ya incluso había sido mi profesor de Práctica Forense, me abordó un día en el pasillo de la Facultad y me dice sorprendido que se acababa de enterar que era una estudiante condicional en la Facultad y me aconsejó que presentara mi caso ante el Consejo General Universitario (CGU), porque “estoy seguro que te van a eximir de semejante requisito”. Y su sorpresa fue mayor porque había sido el decano que instituyó el Cuadro de Honor en la Facultad de Derecho y de cuyas manos recibí el reconocimiento por pertenecer al Capítulo de Honor Sigma Lambda. Pese al consejo del nuevo decano, y dado que el cumplimiento de los 3 requisitos había sido un compromiso que asumí 5 años antes con el decano anterior, opté por matricularme en “la nocturna” y no plantear mi caso ante el CGU. En el lenguaje abogadil mi análisis en ese momento fue que yendo a la nocturna podía obtener el certificado de Letras en una fecha futura, pero cierta, y estaba segura que el CGU me exoneraría en una fecha futura, pero incierta. Es decir, opté por lo seguro, por lo que estaba a mi alcance y dependía netamente de mí.

Esta parte de mi vida me enorgullece enormemente, siempre la cuento, primera vez que la escribo. Que esta historia sea motivadora para aquellos jóvenes y aquellas personas que en este momento se encuentran por decidir alguna situación crucial en sus vidas. Y aquí mi mensaje: No te rindas, no te limites, define quién quieres ser, esfuérzate y lógralo.

(Memoria agradecida para tío Dídimo, el decano Ricord y la directora Moreno en mis 34 años de ejercicio de la abogacía)

¡Feliz Día del Abogado!

La autora es magistrada de la Corte Suprema de Justicia.


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