Está en los carritos de comidas y chicheros. Ya ingresó a las fiestas, está en el cielo raso y en el cooler. Es atractivo porque es aislante térmico, liviano y muy económico. El foam es un plástico derivado del petróleo y conocido industrialmente como poliestireno expandido.
A pesar de sus indiscutibles cualidades, el foam no se degrada fácilmente en el ambiente. Sí, el plato de foam que usó para repartir el arroz con pollo en la fiesta permanecerá en este planeta unos 500 años. Cuando no se le dispone adecuadamente afea nuestras comunidades, obstruye las alcantarillas y sirve de criadero para mosquitos. Eventualmente se dividirá en pedazos pequeños, que serán arrastrados por el viento y la lluvia hasta el mar. Ahí los peces y otros animales marinos los confundirán con alimento y luego nosotros consumiremos a estos animales. Desafortunadamente, todavía es costoso reciclarlo.
En Estados Unidos ya se ha prohibido el uso del foam en 11 ciudades, incluyendo Los Ángeles y Nueva York. De acuerdo con la Agencia de Protección Ambiental, algunos estudios sugieren una asociación entre el estireno y algunos tipos de cáncer. En Canadá se obliga a productores y consumidores a separar el foam para reciclarlo y pronto no se permitirá su introducción a los vertederos. En Japón utilizan limonin, un solvente extraído de la cáscara de la naranja, para convertir el foam en una pasta que luego puede ser reutilizada. En Panamá se ha propuesto un anteproyecto de ley que prohibirá el foam para la comercialización de alimentos y promoverá su sustitución progresiva por materiales biodegradables.
La próxima vez que vaya a adquirir recipientes de foam, considérelo. Comparta esta información con sus familiares, amigos y proveedores. Siempre hay alternativas económicas y más seguras para su salud y su ambiente, como envases reutilizables.
La autora es bióloga y miembro del movimiento Ciencia en Panamá.
