A diario me toca atravesar calles de Calidonia y enfrentar una furia de autos que vienen a toda velocidad por la avenida Nacional. Cada día encuentro a una jovencita muy humilde que lleva en cada mano a dos niños a la escuela; acicalados, empolvaditos, con sus maletitas en la espalda y uniformes muy planchados.
Esta sublime mamá necesita cruzar la calle, por lo que me detengo y saco la mano para que el ejército de carros haga lo mismo y deje atravesar a “la gallina y sus pollitos”, quienes van hacia el centro escolar del barrio para educarse y salir de ese gueto donde la vida los ha llevado.
Los conductores, a quienes detengo para darles el paso, tocan estridentemente los pitos de sus carros y gritan groserías de todo calibre por mi acción de facilitar el camino a la escuelita de dos niños, amorosamente arregladitos por su joven madre, que les construye un futuro con ternura.
Antes de tomar un curso en Argentina de Inteligencia Emocional, de Daniel Goleman (1995), contestaba los gritos e incluso mostraba mi dedo, en abierto insulto a su impaciente patanería.
Cuando me certifiqué en IE, aprendí que el concepto descansa en los siguientes principios : 1. Reconocer las emociones propias y ajenas. 2.-Aprender a manejarlas, autorregulándolas. 3.- Prepararnos para afrontarlas, quitándoles el poder a los que te quieren hacer enojar (con la frase “ yo a ti te quito el poder”). 4- Disfrutando sentirlas y transformarlas en energía útil. 5.- Gestionar relaciones interpersonales sanas.
Hablo del tema porque he podido comprobar que con mucha ligereza le faltan el respeto y agreden al vicepresidente electo José Gabriel Carrizo, un joven profesional de 35 años de edad, de familia muy distinguida de Penonomé , a quien critican su juvenil espontaneidad y carácter risueño. Además de ser una falta de respeto para una figura de tal autoridad, también es una señal de incomprensión con esa generación de jóvenes, llamada millenials, que ven el mundo de otra forma y que seguramente refrescará el ambiente político de culebrones y cocodrilos viejos, que tienen sumido al país en una ciénaga de inmundicia e inmoralidad laboral.
No se deje, señor vicepresidente Carrizo, quíteles el poder de que lo fastidien y deles una lección de altura, que usted puede.
Por algo lo escogieron para ese alto cargo, para que la juventud panameña, al igual que otros jóvenes diputados, perfumen el ambiente de corrupción y maldad política en que habíamos caído.
El autor es psicólogo, docente y escritor