Una de las principales razones que le impiden a Panamá desarrollar una estrategia internacional coherente y sostenida en el tiempo son los vaivenes políticos que afectan a nuestra política exterior cada cinco años. La ausencia de una continuidad en cuestiones tan básicas como valores y principios hacen que pocos Estados nos consideren un socio confiable.
Esta realidad afecta considerablemente la capacidad de nuestro país de plantear alianzas a mediano y a largo plazo, así como para lidiar con problemáticas apremiantes como la migración, la movilidad humana y el cambio climático. En ese sentido, una estrategia internacional que aborde estos y otros temas está llamada a ser muy similar a la naturaleza de las promesas, las cuales, citando un popular programa de Netflix, deben permanecer inmunes e incólumes ante circunstancias cambiantes.
Lo anterior no deviene en una crítica a la actual administración, sino que pasa por un reconocimiento de que, ante la falta de continuidad y la indefinición de los principios y valores fundamentales de nuestra política exterior, las capacidades de Panamá para incidir a nivel internacional se limitan de forma significativa. Las alianzas y nuestra participación en organismos multilaterales nos ofrecen muy buenos ejemplos de a lo que me refiero.
Panamá, desde hace casi 3 años es parte de la Alianza para el Desarrollo en Democracia (ADD). Inicialmente, además de Panamá, la conformaban Costa Rica y República Dominicana, a quien luego se les unió Ecuador. La ADD busca proyectar posiciones comunes a nivel regional en temas políticos, de cooperación, comercio exterior y medio ambiente. Los objetivos planteados son loables, pero tampoco estamos ante una iniciativa única en la historia de la región.
Solo es necesario hacer memoria y recordar los esfuerzos de la administración 2004-2009 para que Panamá se adhiriese al Grupo de los Tres (1995-2006), el cual se sustentaba en un Tratado de Libre Comercio entre Colombia, México y Venezuela – un mercado común con 149 millones de consumidores.
La iniciativa panameña de adhesión sería acogida en la XVIII Cumbre del Grupo de Río sin llegar a materializarse, pues en 2006 Venezuela se retiraría del G3 para incorporarse al Mercosur. Esta iniciativa también evoca a la memoria al Grupo de Contadora (Colombia, México, Venezuela y Panamá) y a sus esfuerzos tangibles por lograr la paz en Centroamérica (Esquipulas) y realizar el ideal bolivariano (Grupo de Río, hoy día Celac).
Curiosamente, en el marco de la actual crisis migratoria, recientemente, los presidentes de Costa Rica y Colombia sostuvieron una reunión bilateral para abordar esta y otras temáticas, siendo Panamá la gran ausente.
Por ello que cabe preguntarse si la ADD sigue siendo un mecanismo tangible para articular posiciones políticas conjuntas ante problemas comunes, tal y como se hizo en el contexto de la crisis en Haití (2022), cuando la ADD, proclamó que ante la “ausencia de un programa internacional coherente de apoyo a Haití, el costo de la crisis humanitaria es asumido de manera desproporcionada por países vecinos, como República Dominicana”.
Otro ejemplo notable, es la reciente adhesión de Panamá al Tratado de Amistad y Cooperación de la Asociación de Estados del Sudeste Asiático (Asean). Lo anterior, bien podría ser una continuidad de la política halcón de la administración 2014-2019 que precisamente buscaba amplificar las relaciones de Panamá con otras regiones con las que tradicionalmente no teníamos lazos estrechos.
Esta adhesión, entonces, nos llevaría – en teoría – a continuar la impronta y hacer lo propio con la Liga Árabe y la Unión Africana. También nos obligaría a reflexionar sobre la importancia de ciertos valores para Panamá. Uno de ellos es la democracia, pues la mayoría de los Estados que conforman el ASEAN enfrentan retos significativos en la materia. Cabe aclarar que desde este espacio no se aboga por un idealismo a ultranza, sino por una combinación de principios y valores con nuestros intereses estratégicos.
El Canal de Panamá es otro buen ejemplo, pues la estabilidad de la ruta, su régimen de neutralidad y un principio básico como la libertad de navegación garantizan que, salvo factores ambientales, el mismo continúe siendo un pilar del comercio marítimo mundial.
Es por ello que debemos perseguir alianzas o acercamientos, con una dosis de realismo, con países como Egipto (Canal de Suez), Malasia, Indonesia y Tailandia (estrecho de Malaca), Turquía (Bósforo) y otros en lo que a libertad de navegación se refiere. Esto también involucra no olvidarnos de esfuerzos previos como el fallido Congreso Universal del Canal de Panamá (1997) y nuestro interés de que más Estados se adhieran al Protocolo de Neutralidad del Canal.
El proceso de conformación de una estrategia internacional pasa por la definición de objetivos estratégicos y la identificación de los valores y los principios que guiarán su consecución. Una vez se haga esto, se deben tomar acciones tendientes a la realización de dichos objetivos, y que tales acciones, en la medida de lo posible, incidan favorablemente sobre dichos valores y principios.
Mientras no se haga esto seguiremos adoleciendo de los mismos problemas inherentes a la falta de consistencia y coherencia. En otras palabras, seguiremos siendo uno de los tres países carbono negativo del mundo, pero también uno de casi una veintena con minería a cielo abierto. Es por ello que vale la pena preguntarse, ¿hacia dónde vamos?
El autor es abogado y profesor de derecho internacional
