En la reflexión bioética, lo más importante es procurar conocer de la manera más integral posible la realidad biológica involucrada, para luego hacer la reflexión ética.
¿Son similares la relación homosexual y la heterosexual? ¿Se puede y debe conceder matrimonio igualitario a la relación homosexual en relación con la unión heterosexual?
Para responder a estas preguntas de la manera más objetiva posible debemos procurar adentrarnos en la verdad natural y biológica de la sexualidad humana, procurando dejar a un lado las posiciones ideológicas, nuestros prejuicios, nuestros sentimientos y nuestros gustos.
¿Qué nos dicen las evidencias biológicas? Los seres humanos somos animales sexuados desde nuestra concepción. Ese ser humano en desarrollo, unicelular, tiene ya sus 46 cromosomas, que determinarán su crecimiento y sexo. De esos 46 cromosomas, 2 son los llamados cromosomas sexuales. Si estos dos cromosomas son X, tendremos una hembra; si uno de los cromosomas es X y el otro es Y, tendremos un varón. Las muy raras excepciones a esta regla son eso: excepciones, anomalías, no la regla.
Aproximadamente a las ocho semanas de gestación, el embrión varón, que tiene el par de cromosomas XY, inducirá a las gónadas indiferenciadas que empiecen a producir testosterona y se producirá una serie de eventos químicos que promoverán la formación de los genitales y testículos masculinos. El embrión hembra, que tiene la dotación XX, no producirá testosterona y ello llevará a la formación de los genitales y órganos internos femeninos, entre ellos, los ovarios. Sabemos hoy en día también que este rejuego químico hormonal formará cerebros distintos en varones y hembras, según el cerebro reciba mayor o menor influencia, ya sea de la testosterona o de estrógenos.
Estas investigaciones nos están abriendo nuevas fronteras en la comprensión biológica de nuestro comportamiento humano sexual. Los genitales masculinos y femeninos están acoplados para su unión y en el intercambio sexual natural entre hombre y mujer es que se inicia una nueva vida y, por lo tanto, la supervivencia de nuestra especie. El ser humano siempre ha comprendido que este intercambio heterosexual es lo natural, y a medida que las sociedades fueron siendo más complejas protegieron las uniones voluntarias de las parejas heterosexuales, y la llamaron matrimonio, y el núcleo de individuos que se forjaban alrededor de ese intercambio sexual lo llamaron familia. Estamos ante una realidad biológica y antropológica irrefutable.
Por otro lado, en la especie humana, por lo menos desde que se tiene registro histórico, se conoce de individuos con tendencia y prácticas homosexuales. Diferentes sociedades y culturas han tenido diferentes abordajes a esta realidad que ha oscilado entre la tolerancia, aceptación o rechazo. Apenas ahora la ciencia está empezando a entender por qué algunas personas desarrollan esas tendencias a la homosexualidad.
Algunos con una inclinación interior importante y otros con muy poca intensidad, pero que sus experiencias de desarrollo psicoafectivas y sociales en las edades tempranas de su vida intensifican o las desaparecen. Hemos aprendido que las personas homosexuales, practiquen o no practiquen las relaciones homosexuales, deben ser respetadas como seres humanos, respetar su libertad de decisión y no deben sufrir ningún tipo de discriminación por su homosexualidad. Pero siempre hemos entendido que la tendencia homosexual o heterosexual son intrínsecamente diferentes. Y más radicalmente diferentes son las relaciones sexuales homosexuales de las heterosexuales.
Sentir no es lo mismo que consentir. Sentir la tendencia a desear tener relaciones e intimidad con personas del mismo sexo no es lo mismo que consentir tenerlas y las consecuencias de este consentir o no consentir serán también radicalmente diferentes.
No son nuestras tendencias, gustos, deseos, opiniones, lo que determinan que nuestros actos sean éticamente dignos. Si fuera así, no podríamos mantener una convivencia serena y todos los actos humanos serían éticamente indiferentes, pues sería el sentir individual, la tendencia individual, la que determinaría la moralidad de nuestras acciones.
Este relativismo moral afectivo haría que dos acciones opuestas sean éticamente iguales y por lo tanto indiferentes moralmente. Bajo los criterios equivocados de que las tendencias afectivas, los sentimientos, son los que determinan la verdad natural, si alguien nace con tendencia a la homosexualidad, debería dejársele ser homosexual y guiarlo a “autodescubrirse”.
En el noble, necesario e imperante esfuerzo de respetar a todas las personas humanas y su libertad, hemos llegado a la absurda y por tanto incongruente conclusión de que una relación homosexual tiene las mismas implicaciones biológicas y éticas que la heterosexual y por lo tanto también se le debe dar la posibilidad de ser matrimonio y familia. Es un disparate antropológico, social, cultural, biológico y científico. Es una mentira, y la mentira no le hace ningún favor a nadie. Una relación sexual homosexual y heterosexual son absolutamente diferentes y no pueden ser equiparadas. Lo demuestra nuestra dotación genética, nuestros órganos sexuales, nuestras células germinales, la forma de hacer el acto sexual, las consecuencias del acto sexual. Una sociedad que no entienda esto, es una sociedad definitivamente confundida y profundamente herida en sus fundamentos.
Una cosa es respetar a las personas homosexuales, que tienen derecho a un auténtico respeto, y otra distinta promover la homosexualidad como modelo social. Pienso que es un terrible error querer erigir la homosexualidad y todo el lobby LGBT en ideología progresista. “La idea de una identidad sexual culturalmente construida niega de modo irreal la importancia del cuerpo sexuado. Un hombre jamás se convierte en mujer, ni esta en un hombre, sean cuales sean las mutilaciones que uno y otra acepten sufrir. Decir que la sexualidad humana ya no depende de la identidad del hombre o de la mujer, sino de orientaciones sexuales como la homosexualidad, constituye un totalitarismo onírico.
Si la sexualidad es únicamente una construcción social y cultural, estamos cuestionando la forma en que la humanidad se reproduce desde sus orígenes. De hecho, razonablemente, con simple sentido común, cuesta tomarse en serio una visión llevada tan al extremo.
El autor es médico urólogo, magíster en bioética
