En democracia es tan importante quien gana unas elecciones como el hecho de que quién pierda lo acepte. Esa frase se la escuché en algún momento en una entrevista al politólogo Harry Brown Araúz y quizá por estos días de desconfianza institucional es más válida que nunca.
Si es cierto que quién pierde unas elecciones nunca está feliz, aplica tanto para una elección de la junta directiva del club de padres de familia como para la más tensa elección presidencial. Un ejemplo reciente es el patético show de Ricardo Martinelli en las elecciones del 2014 de presentarse al tribunal con su garulilla de arrimados con camisetas que decían “war room”. Pero lo cierto es que a pesar del patético show, Martinelli entregó el poder al que había ganado las elecciones legítimamente.
Reflexiono en esta columna porque quizá esos eran los buenos tiempos. “Éramos felices y no lo sabíamos” dice el dicho. Elección tras elección, nuestro continente nos muestra ejemplos de que cada vez esa suave y acordada transición de poder en una democracia, que no es más que un entendimiento entre poderes políticos, quizá está cerca de quedar en el pasado.
El caso más obvio es el de Donald Trump en Estados Unidos, quién a pesar de haber entregado el poder, llamó a un alzamiento ciudadano e incluso hasta el sol de hoy se niega a reconocer las elecciones.
En Brasil, Jair Bolsonaro está enfrentando un proceso judicial por su acoso constante al sistema de conteo de votos durante las pasadas elecciones.
Y aterrizando en nuestro pequeño terruño donde es más grande el sol, las elecciones del 2024 parecen avistarse complicadas, con actores quienes ven la democracia como una herramienta de mero poder y que no temen atacar al árbitro cada oportunidad que puedan.
Queda del resto de los ciudadanos cerrar filas para resguardar la institucionalidad y apuntar con firmeza a los que viven del conflicto y el antagonismo.
El autor es director ejecutivo de Movin
