DIÓGENES DE LA ROSA

En el recuerdo

En estos días próximos a cumplirse un aniversario más del natalicio de ese gran intelectual que fue el doctor Diógenes de la Rosa, meditando en su valiosa amistad que me brindó durante varias décadas, hasta al inicio del presente siglo, se extinguieron lamentablemente sus signos vitales, no obstante, cuando nuestra república esperaba mucho más de su rico talento e inteligencia. Fue un distinguido habitante que nació en los albores de nuestra separación de Colombia, en los inicios del pasado siglo. El profesor Rodrigo Miró siempre reconoció a este hombre de grandes atributos, el honroso calificativo de ser uno de los panameños que orientó y marcó huella en muchas de las instituciones del Estado a las cuales sirvió.

El profesor Miró, hijo del gran poeta que sintió nostalgia por la Patria, tenía razones suficientes como historiador y amigo de su generación. Él, que podría dar testimonio, le dedicó un escrito celebrando el aniversario 90 de su nacimiento. Transcurridos cuatro años, la Universidad de Panamá, en su paraninfo, y con la rúbrica de sus máximas autoridades, le otorgó el premio como el máximo intelectual, del cual era merecedor sin duda alguna. Tuve el honor de escuchar al licenciado Eligio Salas, exrector de esa alta casa de estudios, en un enjundioso discurso, dedicado para la ocasión, en que resaltó los méritos del homenajeado con estas palabras: “el que sabe, sabe vivir”.

Séame permitida una anécdota oportuna citada por Salas en este acto. Cuenta el exrector que en uno de los encuentros de temporada de verano, que acostumbra realizar la Universidad y en el que se invitaba a expositores de otras latitudes, Hugo Víctor, distinguido ingeniero y educador de todo mi aprecio, se puso de pie para formularle al doctor De la Rosa la pregunta: ¿es usted marxista o no? Como era de esperarse en un hombre de tanta capacidad intelectual, Diógenes se limitó a contestarle: “no lo sé”.

También Salas destacó este principio socrático de respuestas de Diógenes. No me cansaré de repetir que Diógenes de la Rosa me tendió la mano cuando las autoridades zoneitas me impidieron continuar residiendo con mis padres en Paraíso, que hoy ha pasado a ser área revertida. Allí con él, en un modesto despacho de la Presidencia de la República, me nutrí de su saber y puedo dar fe de que no sufrió de vértigo en ningún momento de aquel período presidencial de don Ernesto de la Guardia, quien ha pasado a la historia junto a los grandes estadistas que ha tenido nuestro país.

Los rectores de la educación panameña no deben olvidar a este insigne intelectual y patriota.

El autor es abogado y periodista

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