Imaginemos cómo sería Panamá si nuestros valores estuvieran basados en una ética cívica. Si fuéramos una sociedad en la que prevaleciera la tolerancia, el respeto y la solidaridad hacia el prójimo, el entorno natural y los objetos públicos. Aquella donde la buena educación, la urbanidad y la cortesía orientaran nuestras acciones cotidianas. Donde aceptáramos sin llegar a la diatriba, las ideas, prácticas y creencias de los demás, independientemente de que choquen o sean diferentes de las nuestras; utilizando el diálogo incluyente y franco como único recurso para solucionar los conflictos, especialmente los conflictos sociales humanos, haciendo prevalecer la justicia y la igualdad.
Pero esa no es nuestra sociedad. Al menos no la de nuestras principales ciudades; donde la mayoría nos mostramos indiferentes, superficiales, “jugando vivo”, preocupados por la imagen que proyectamos y egoístas disfrutando del placer. Somos esclavos del culto a la belleza, al dinero, al talento, a la juventud, y ante todo a creernos mejores que los demás.
Aunque ya se ha dicho, debo subrayar que esa apatía y falta de civismo le ha dado a los últimos gobiernos una especie de “patente de corso” para controlar los tres poderes del Estado y actuar impunemente en favor de sus intereses. Son conocidas las denuncias de impunidad, falta de transparencia, corrupción, clientelismo político. Como si fuera poco, en los últimos tiempos hemos sido atropellados por la política externa de la máxima potencia mundial, limitándose nuestros gobernantes a tímidas declaraciones, mientras la maquinaria del gobierno extranjero, en una abierta y clara intromisión, viola nuestra soberanía.
Directamente relacionado con nuestra indiferencia está el problema del deterioro de suelos que padecemos, con procesos de degradación paulatina y creciente en casi todas las cuencas, suelos y aguas, que lleva a la desertificación y a la pérdida de la capacidad productiva, con el consiguiente impacto social en las poblaciones que viven de la actividad agrícola.
El estilo superficial en el manejo de las relaciones humanas y la afición al placer de muchos panameños, también se refleja en las estadísticas de enfermedad y muerte.
De acuerdo al INEC, todos los años fallecen en accidentes de tránsito cerca de 500 personas. La mayoría de los accidentes y las muertes ocurrieron durante los fines de semana y días feriados. Siguen siendo las principales causas de estos fallecimientos: el exceso de velocidad, las distracciones como chatear frente al volante, el estrés cotidiano, manejar bajo los efectos del alcohol, la impericia y el incumplimiento de los reglamentos de tránsito. Preocupa el hecho de que el año pasado, las muertes por atropello y fuga se incrementaron un 20%, lo que implica, además, una falta de solidaridad y humanidad.
El INEC nos informa que cada año cerca de 10 mil ciudadanos pierden la vida prematuramente por enfermedades del sistema circulatorio, tumores malignos y diabetes mellitus. Todas relacionadas en forma directa o indirecta con estilos de vida asociados a factores de riesgo para la salud y la vida. Muchas de estas muertes pudieron evitarse o postergarse, evitando estos factores de peligro. Y lo más preocupante es la tendencia al aumento del número de enfermos y fallecidos por estas causas.
Fundamental para protegernos de estos males está el vivir en una ciudad saludable, pero la nuestra no lo es, y también nos mostramos indiferentes a pesar de las evidencias abrumadoras: el crecimiento urbano anárquico y desordenado, altas cifras de violencia general, doméstica y en especial contra las mujeres, pésimo servicio de transporte público, acumulaciones de basura de todo tipo en nuestras calles. Sobre los espacios saludables, trate de llegar a un parque, tiene que salir de su oficina o de su casa, dispuesto a pasar una hora en el “tranque”, estresándose y sufriendo toda clase de abusos e improperios por parte de la mayoría de los conductores… Al final nos conformamos con los centros comerciales, donde perdemos nuestra identidad, vemos una película mala, pues aquí solo nos exhiben películas de monstruos imposibles, superhéroes o muñequitos. También nos alimentamos de comida chatarra que contribuye a enfermarnos más.
Retomo las palabras del anterior coordinador residente del Sistema de las Naciones Unidas en Panamá: “Es necesario ir más allá de lo que hemos logrado, avanzar hacia un modelo de desarrollo más sostenible y equitativo, con un crecimiento económico centrado en la gente, en la realización de sus derechos económicos, sociales y culturales, donde se fomenten y promuevan la cohesión social y el fortalecimiento de la vida en comunidad, el desarrollo del conocimiento y las capacidades, el acceso a los servicios sociales de calidad; el fortalecimiento de las instituciones y una ciudadanía responsable, activa y solidaria”. Y agrego que para lograr eso necesitamos superar nuestra apatía histórica, fortalecer los valores y principios éticos y morales para convertirnos en una sociedad vigorosa, que motivada por el conocimiento de la problemática, ejerza su derecho de hacer rendir cuentas a los gobernantes.