Pablo Pueblo/Llega hasta el zaguán oscuro/Y vuelve a ver las paredes/Con las viejas papeletas/Que prometían futuros/En lides politiqueras/Y en su cara se dibuja/La decepción de la espera», cantaba, retrataba Rubén Blades los sentimientos de un ciudadano de nuestro país, cualquiera, y se nota un punto de dignidad que el Pablo Pueblo de hoy ya no tiene.
La carrera por la silla presidencial arranca con lo peor de cada casa, con sinvergüenzas de todas las especies posibles, distintos en muchas cosas, pero iguales en la cara dura para pedirle el voto a Pablo Pueblo, que ha perdido «la decepción de la espera» de la cara: no hay más que mirar la cantidad de votantes que comprometerán su futuro con los mismos corruptos de siempre.
Una vez más, tendremos que elegir al menos malo de los peores.
No solo hay que elegir presidente, sino también una Asamblea que, entre «Fests» de verano y repartidera de bicicletas, comida y «salves», va a demostrar otra vez que al electorado panameño le gusta que lo congueen, siempre y cuando alguna cosa les caiga del cielo protector del clientelismo, que tiene bien amaestrado al ganado que vota siempre a los mismos para que las mismas cosas sigan pasando.
Si Pablo Pueblo recuperara «la decepción de la espera», y votara contra todos esos que ya tocaron poder y los desalojara de la Asamblea, una novedad legislativa se tomaría las esperanzas del electorado, haciéndonos creer que otra realidad es posible, que se pueden romper ciertos ciclos y redireccionar un rumbo que hace rato va hacia el despeñadero.
Vienen días complejos para el país y necesitamos a los mejores en los puestos estratégicos.
Pablo Pueblo debe recuperar la dignidad y votar con criterio y conocimiento de causa, retomarse su destino, o intentarlo porque, si no lo hace, el cable que se comerá será del fino y no habrá para todos.
El autor es escritor
