Los veranos de mi infancia eran de días soleados, brisa fresca y excursiones al río. Hoy, la brisa ya no sopla, el calor es agobiante, y los ríos están cada vez más secos. Hace un par de décadas, los estudios sobre cambio climático estaban en su infancia y no había un consenso entre los expertos sobre sus efectos en los patrones de precipitación en áreas tropicales (Nijssen et al., 2001).
Las temporadas de sequía en Panamá están asociadas al fenómeno de El Niño, que ocurre cuando aumenta la temperatura del Océano Pacífico. Esto desestabiliza la atmósfera y ocasiona sequías que pueden durar desde un par de meses hasta más de un año. Si bien El Niño ocurre de manera cíclica, cada 2 a 7 años, el cambio climático aumenta las probabilidades de que sea más frecuente e intenso (Cai et al., 2021).
Para Christiana Figueres y Tom Rivett-Carnac, en su libro “The Future We Choose” (El Futuro que Elegimos), la crisis climática global no demanda buscar culpables, sino soluciones que nos permitan encararla. Nuestra infraestructura hídrica, por ejemplo, fue diseñada en base a patrones de lluvia relativamente estables. Sin embargo, ahora llueve con menos frecuencia y de manera más errática. Esto requiere soluciones innovadoras para la gestión del agua, desde algoritmos de inteligencia artificial para la detección y predicción de fugas en las redes urbanas de distribución de agua potable, hasta adaptar tecnologías del pasado como aljibes urbanos para la recolección de agua lluvia, o abastecer nuevos sectores del área metropolitana mediante aguas subterráneas para aliviar la presión sobre los embalses del Canal.
La crisis del agua afecta también al resto del país. Allí, más que en grandes obras de infraestructura, corresponde pensar en soluciones adecuadas para comunidades individuales, como el uso conjunto de aguas superficiales y subterráneas y la recarga artificial de acuíferos.
Tenemos la oportunidad de transformar la crisis actual en el vehículo para colocarnos a la vanguardia en la innovación y el desarrollo de tecnologías para la gestión del agua. De esta manera, nuestro principal activo no se limitará a la presencia de recursos naturales como el agua, sino que se extenderá al conocimiento necesario para gestionarla eficientemente en tiempos de escasez como de abundancia.
La autora es investigadora doctoral en hidroinformática en IHE Delft e integrante de Ciencia en Panamá
