En el debate público contemporáneo es frecuente encontrar opiniones firmes sobre realidades ajenas, mientras los asuntos propios quedan en segundo plano. Las crisis externas suelen despertar pasiones intensas, como si la expresión de indignación —especialmente en espacios digitales— tuviera por sí misma capacidad transformadora. Se opina, se analiza y se sentencia, a menudo sin asumir riesgos personales, sin suficiente contexto y sin consecuencias directas.
No se trata de restar importancia a los problemas de otros. Importan. Lo éticamente relevante es desde qué lugar y con qué propósito se emiten esas opiniones. Cuando la palabra nace más del impulso emocional que de la reflexión informada, pierde profundidad y puede convertirse en espectáculo. En ese punto, la crítica deja de ser un acto de conciencia y pasa a ser una forma de exposición.
Toda comunidad enfrenta desafíos internos: tensiones institucionales, desigualdades persistentes, debilidades estructurales y dificultades en la provisión de servicios esenciales. Ignorar estas realidades mientras se opina con intensidad sobre las ajenas no necesariamente expresa conciencia política; en muchos casos refleja un desplazamiento de la atención. Resulta, a menudo, más sencillo analizar lo externo que involucrarse en lo inmediato.
Desde una perspectiva ética, intervenir discursivamente en asuntos que no nos corresponden directamente no siempre responde al deseo de comprender o contribuir. En determinadas circunstancias, puede funcionar como un mecanismo para evitar la autocrítica. Opinar sobre procesos lejanos puede ser menos exigente que asumir responsabilidades cívicas en el propio entorno.
Existe también una postura que merece especial cuidado: emitir juicios desde una posición de estabilidad material y distancia emocional sobre decisiones tomadas por otros en contextos de urgencia, precariedad o pérdida. Cuando no se reconoce esa asimetría, el discurso corre el riesgo de deshumanizar la experiencia ajena y reducirla a argumento.
Este tipo de intervenciones suele adoptar la forma de opiniones rápidas y diagnósticos simplificados. No siempre buscan comprender la complejidad de los procesos ni aportar a soluciones reales; a veces se limitan a ocupar espacio en la conversación pública. En esos casos, el ruido reemplaza al pensamiento y la visibilidad desplaza a la responsabilidad.
El problema, entonces, no es opinar sobre realidades complejas, sino hacerlo sin humildad intelectual, sin información suficiente y sin conciencia del lugar desde el cual se habla. La solidaridad auténtica no necesita exhibición ni consignas; se expresa mediante prudencia, coherencia y respeto. Reconocer límites es parte fundamental de una ética madura: no todo nos compete, no todo requiere pronunciamiento y no toda opinión aporta valor.
Esta reflexión no nace del deseo de opinar por opinar. Al contrario, surge de la convicción de que, en contextos de crisis profunda, la disciplina social y el enfoque colectivo son herramientas necesarias para cualquier proceso de reconstrucción. Tal vez no lo resuelvan todo, pero permiten avanzar cuando el margen de acción es reducido.
Existe, además, una esperanza legítima: que quienes atraviesan situaciones de fractura social puedan reconstruir dignidad, estabilidad y horizonte. No desde la nostalgia ni desde discursos vacíos, sino desde el aprendizaje que deja la adversidad. Las comunidades que sobreviven a la crisis no siempre emergen iguales. A veces, emergen transformadas. Ojalá, mejores.
Al final, la ética no consiste en tener una opinión sobre todo, sino en saber cuándo la palabra es necesaria y cuándo el silencio reflexivo resulta una forma más responsable de participación.
La autora es profesora de filosofía.
