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Reflexiones sobre el buen periodismo

Reflexiones sobre el buen periodismo
La noticia, entre la inmediatez y la calidad. Foto/Pixabay

Leer Los cínicos no sirven para este oficio, de Ryszard Kapuściński, es asomarse a una forma de entender el periodismo que hoy resulta, a la vez, urgente y casi contracultural. En tiempos dominados por la inmediatez, la sobreinformación y el ruido, el autor propone una mirada que privilegia la empatía como punto de partida. No se trata solo de narrar hechos, sino de comprender a las personas que los viven. Para Kapuściński, quien ejerce este oficio no puede permitirse la indiferencia: debe implicarse, observar con atención y escribir con conciencia.

El periodista —plantea— es, ante todo, un testigo del mundo. Pero no un testigo pasivo, sino alguien capaz de interpretar lo que ocurre, contextualizar y transmitirlo con responsabilidad. Esa tarea exige algo más que técnica: requiere curiosidad intelectual, disciplina y una permanente disposición al aprendizaje. En su visión, la formación no termina nunca; cada historia, cada encuentro, es una oportunidad para entender mejor la complejidad humana.

Uno de los ejes centrales del libro es la actitud frente al otro. El autor subraya que acercarse a las personas implica respeto, humildad y una escucha genuina. Escuchar deja de ser un acto mecánico y se convierte en una herramienta esencial para interpretar los contextos sociales. Por eso, insiste en que la experiencia directa —estar en el terreno— es insustituible para quien aspira a contar la realidad con rigor.

Kapuściński también advierte que ejercer el periodismo implica valentía. Investigar, contrastar y publicar la verdad, incluso cuando incomoda, forma parte de la esencia de este oficio. No se trata de heroicidad, sino de un compromiso ético con la sociedad. Desde esa perspectiva, el periodista no solo informa: contribuye a construir memoria y a dar sentido a los acontecimientos.

Publicado a inicios de los años 2000, este libro recoge conferencias dirigidas a estudiantes y profesionales. No es una novela ni un reportaje tradicional, sino un ensayo breve sobre ética y práctica periodística. Su alcance trasciende lo académico: se ha convertido en un referente para pensar el rol de los medios en una época marcada por la velocidad y la superficialidad.

Diversos críticos coinciden en destacar su vigencia. Se ha señalado que el autor reconstruye los pilares de un periodismo responsable, proponiendo una visión que va más allá de los hechos. En ese marco, el cinismo y la arrogancia aparecen como obstáculos que impiden comprender al otro y, por lo tanto, informar con honestidad. La obra funciona, así, como un recordatorio de las razones que llevaron a muchos a elegir esta profesión: contar historias humanas, no fabricar espectáculo.

La trayectoria de Kapuściński refuerza esa mirada. Como corresponsal, recorrió África, Asia y América Latina, muchas veces en contextos de guerra. En más de una ocasión relató que pasaba meses observando antes de escribir, convencido de que comprender una cultura requiere tiempo. Para él, la mejor herramienta no era la tecnología, sino la conversación: ese intercambio directo que permite descubrir matices que ningún dispositivo puede registrar.

Aunque breve —apenas supera las cien páginas—, el libro deja preguntas profundas: ¿cómo narrar el sufrimiento sin explotarlo?, ¿cómo evitar la manipulación informativa?, ¿qué responsabilidad tiene quien presenta los hechos? Interrogantes que no solo interpelan a periodistas, sino a cualquier lector.

Entre sus reflexiones, destaca una idea sugerente: para comprender hacia dónde va el mundo no basta con mirar la política; es necesario observar el arte, donde suelen anticiparse los cambios. Esa mirada revela la dimensión cultural del periodismo, entendido no solo como registro de lo inmediato, sino como interpretación del tiempo que vivimos.

En definitiva, estamos ante una obra que no debería pasar inadvertida. Más que un manual, es una invitación a repensar el oficio desde sus fundamentos éticos. Su brevedad contrasta con la profundidad de sus ideas. Y quizá ahí radica su mayor valor: recordarnos que el buen periodismo, antes que una técnica, es una forma de mirar —y de estar— en el mundo.

El autor es doctor en educación, abogado y periodista.


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