Empiezo afirmando que las opiniones son solamente mías. Una vez Adolf Hitler declaró que empezar una Guerra era como abrir la puerta de un cuarto oscuro. Uno no sabe con qué se va a encontrar. Les doy otra, en 2003 cuando el entonces Presidente Geoge W. Bush empezó una nueva Guerra con Irak y pensó que la había ganado, el ex-premier de Israel Shimon Peres le hizo el siguiente comentario: las guerras en el Medio Oriente se realizan como viendo una película al revés. Todas las contiendas belísticas empiezan con causa-efecto-guerra. Pero aquí se empieza con los combates y después se retrocede para lidiar con las profundas causas y diferencias culturales, religiosas, etc., que fueron, en primer lugar, las instigadoras del conflicto. Esto está pasando entre la guerra de Estados Unidos e Israel, como aliados, contra Irán.
A más de cuatro semanas de continuos bombardeos contra blancos iraníes, estos últimos siguen lanzando misiles, drones, etc., no solo a Israel, sino a sus vecinos países neutrales árabes del Golfo. Además, han prácticamente cerrado el estratégico estrecho de Ormuz, por donde circula el 20% del petróleo mundial. En 1940, en su afán de conquistar a Inglaterra, Hermann Göring mandó la fuerza aérea de Alemania para batirse con la RAF (Royal Air Force). En lo que se conoce como la batalla aérea de Inglaterra, para septiembre a los ingleses no les quedaban muchos más aviones ni pilotos con que batallar. Entonces sucedió lo que muchos historiadores tildan de un error estratégico. En su frustración bélica por doblegar a los ingleses, cambió de táctica. Decidió bombardear inmisericordemente Londres y otras ciudades importantes inglesas para doblegar la voluntad luchadora de ese país. El resultado fue distinto: el pueblo inglés resistió los constantes bombardeos y siguió luchando y, en su resiliencia, hasta ganar la Segunda Guerra Mundial.
Hago mención de esto último no para comparar la democrática Inglaterra con el régimen de los ayatolás iraníes, sino para ilustrar cómo los bombardeos no siempre doblegan la voluntad de un país. Y, a diferencia de Gaza, el hipócrita sentir de Occidente no protestó. No.
Traigo el ejemplo del Reino Unido para señalar que, por más que se bombardeen fábricas de misiles, drones, instalaciones militares y nucleares, esta guerra no podrá ser ganada solo por esa vía. Hay que lograr cambiar de gobierno y acabar con las Guardias Revolucionarias, el yihad islámico y las milicias. La ideología iraní (recuerden que era el antiguo Imperio persa) promulga el martirologio, la resistencia y sembrar el caos, pero nunca rendirse. Por eso afirmo que, mientras no haya lo que los norteamericanos llaman boots on the ground, una invasión física de tropas sobre el terreno, se podrá aplicar la fórmula económica de la utilidad marginal decreciente. El Pentágono afirma que han bombardeado más de 10,000 blancos. ¿De qué sirven 1,000 o 2,000 más?
Ahora se comenta de ocupar o bombardear la isla de Kharg, localizada en el estratégico estrecho de Ormuz (que ahora Irán ha minado y controla) para vencer al gobierno iraní. Pregunto yo: ¿por qué no se hizo antes, al comienzo de la contienda? Han pasado casi un mes de hostilidades y, de seguro, los iraníes ya están preparados para esta eventualidad. El régimen persa, o lo que queda de él, no es tonto.
Recuerdan que la guerra de Vietnam no la ganó el Vietcong o Vietnam del Norte; la ganó la televisión. Las imágenes de jóvenes muriendo en un país lejano, a veces sin entender por qué estaban allí, desgastaron al pueblo norteamericano. En noviembre se vienen las elecciones de congresistas, gobernadores, etc., en Estados Unidos, y con la gasolina y la inflación subiendo, seguirá también aumentando la presión republicana y ciudadana sobre Donald Trump. Una guerra de atrición y desgaste le conviene a Irán, no a Estados Unidos e Israel.
Los iraníes negocian solo para ganar tiempo y esperar al acecho. Llaman a Estados Unidos el “gran Satán” y a los israelíes el “pequeño Satán”. Su ideología es maximalista y totalmente antioccidental. Para doblegar al régimen iraní hay que sacarlos del poder. Israel lo sabe; no estoy seguro de que el presidente Trump lo entienda.
El autor es internacionalista.


