Conversando con amigos en Monagrillo sobre distintos tópicos nacionales e internacionales nos preguntamos, por lo delicado de las implicaciones y por la polémica que produce, ¿el periodismo en un servicio público?
Se reconoce que el servicio público busca asegurar el abastecimiento a la población de ciertos productos considerados esenciales. También existe la posibilidad que el servicio público se desarrolle en privado, pero siempre bajo el control estatal lo que nos lleva a la discusión sobre los posibles roces con las libertades de expresión y de información.
El debate resulta interesante e impostergable. Vivimos tiempos donde llegan noticias de todas partes, muchas a todas luces falsas. Es por esto que, hoy más que nunca, cobra relevancia el hecho de que toda persona bien informada tiene poder. Contar oportunamente con noticias que nos permiten conocer la realidad de nuestro país y del mundo entero nos permite ejercer una mejor, más activa y responsable participación ciudadana.
Es por ello que, como ciudadanos exigimos a los periodistas que obtengan información de fuentes fiables, que dicha información sea verificable y que se contrasten las versiones del caso, aunque el resultado entre en conflicto con los intereses de los dueños de los medios de comunicación.
No somos ingenuos. Es fácil reconocer cuando estamos frente a ‘fake news’ que difundidas a través de portales de noticias, prensa escrita, radio, televisión y redes sociales buscan principalmente desinformar. Así las cosas y sumado al fenómeno de la pos verdad, vale la pena ponderar el editorial publicado en el periódico The Economist titulado “El Arte de la Mentira” en dónde se establecía que el triunfo del expresidente de Estados Unidos, Donald Trump en el 2016, el triunfo del Brexit en Inglaterra y el fracaso del referéndum sobre los acuerdos de paz entre las fuerzas armadas revolucionarias de Colombia, habían estado influenciados por aseveraciones que sonaban ciertas pero no tenían base fáctica, estaban nutridas de verdades a medias, basadas en emociones y no en hechos reales.
No es de extrañar entonces que ante estos hechos y consideraciones, aquella conversación en Monagrillo nos llevara a preguntarnos ¿ha muerto la verdad?
El autor es docente universitario.
