“La educación es el más fructífero y el más trascendental de los servicios del Estado”. (Octavio Méndez Pereira)
El mayor desafío del mandato popular otorgado al presidente de la República, José Raúl Mulino, como lo fue “la estrella” del malogrado gobierno pasado, es la transformación del obsoleto sistema educativo panameño, con el objetivo de alcanzar “la tan anhelada calidad educativa”.
Se trata de superar el caduco proceso de enseñanza-aprendizaje que hace 45 años se procuró modificar mediante la implementación de la “reforma educativa”, pero que fue rechazada por los gremios magisteriales de entonces.
Desde la fundación de la República, independencia de 1903, la educación panameña se erigió con sello filosófico y político de una democracia liberal (Ricaurte Soler, 1977). Según el maestro de maestros, Octavio Méndez Pereira, “desde la Ley 11 de 1904, Orgánica de Instrucción Pública principia la era de nuestros adelantos escolares” (Franklin De Gracia G., 2016).
Más tarde, mediante el Decreto 14 de 3 de mayo de 1915, se establecen con carácter provisional “planes, programas y reglamentos de las escuelas rurales, urbanas, secundarias y normales en todo el país” (Ibíd.). En 1920 se crean las escuelas normales y a través del Decreto 1 de 27 de febrero, “se reitera el principio de obligatoriedad y gratuidad” (Ibíd.) de la educación.
Entre 1920 y 1940 se desarrollan importantes jornadas de lucha por la transformación de la educación. En 1938 se inaugura la Escuela Normal de Santiago de Veraguas. En 1941 se crea el Ministerio de Educación y en 1946, en el marco de la Asamblea Constituyente que dio vida jurídica a la Carta Superior más democrática que ha tenido la República, se aprueba también la aún vigente Ley 47 Orgánica de Educación.
Desde mediados de la década del cuarenta del siglo pasado hasta 1979, el país fue escenario de muchas jornadas de lucha por el mejoramiento y transformación de la enseñanza, “por una educación democrática, laica, patriótica y científica”, todas bajo las banderas de lucha de la gloriosa Federación de Estudiantes de Panamá (FEP) y de los educadores dirigidos por el Magisterio Panameño Unido (maestros) y la Asociación de Profesores de la República de Panamá.
Podemos afirmar que el último año del decenio de 1970 del siglo XX constituye el punto de inflexión entre la expresión de lucha por la transformación de la educación y, desde entonces hasta hoy, convertida en demandas reivindicativas, particularmente económicas.
Las nuevas autoridades deben entender que una “reforma educativa” para el siglo XXI se alcanza, principalmente, con el concurso de toda la “comunidad educativa” y la sociedad en general.
Un proceso de enseñanza-aprendizaje basado en la evaluación por resultados. Un currículo de primer mundo con contenido de idiomas (español, inglés, mandarín), tecnología (robótica e inteligencia artificial), matemáticas, física, ciencias sociales (economía, sociología, ciencia política) y, cultura y deportes. Desarrollado en función de los tres niveles de la educación panameña.
En síntesis, hace 45 años se demostró que, sin el concurso de la “comunidad educativa”, especialmente de uno de sus actores principales, los educadores, es poco probable, por no decir imposible, la transformación integral de la educación, capaz de producir el hombre nuevo, el ciudadano y trabajador de nuevo tipo.
¡Así de sencilla es la cosa!
El autor es abogado y analista político.
