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Reglamentar la estupidez

Sobre la estupidez existen diversas definiciones que tienen sinónimos en común: tonto, idiota e imbécil. Todas ellas son antónimas de la inteligencia y de la sensatez. Y desde luego del discernimiento que es la capacidad de evaluar las cosas o situaciones para poder tomar una decisión justa o racional que beneficie a las partes en un determinado proyecto o conflicto de intereses.

Una persona con formación académica o con una trayectoria artística y política puede llegar a ser presa de acciones estúpidas en la vida. Quizás influenciadas por la emoción, el odio y las ambiciones, las acciones estúpidas pueden ser compensadas con el arrepentimiento y la toma de conciencia de que actuamos de forma errática.

Sin embargo, existe una categoría de estúpido que actúa pensando que está haciendo algo para quedar “bien” ante las demás personas o con alguna persona en particular. En la serie televisiva The Big Bang Theory que muestra la vida cotidiana de varios amigos algunos de los cuales son considerados como genios también se llega a hacer sarcasmo con aquellos que tienen un grado no tolerable de entendimiento. El personaje Zack por ejemplo, un joven atlético y bien parecido que quiere opinar sobre asuntos científicos pero lo hace desconociendo lo que ya muchos conocen. En un capítulo de la serie, Zack llega a pensar que un rayo laser dirigido desde la tierra hacia la luna puede hacer que ésta explote. Desde luego que en esta escena todos los intelectuales presentes se miran unos a otros tratando de reprimir una carcajada.

Es lo mismo que suele ocurrir cuando se dice un mal chiste o se afirma una idea descabellada. Lo que precede puede ser un silencio de censura o una carcajada descalificadora. En ambos casos el promotor de la “bobada” debiera percatarse del “elogio” que se hace a su payasada.

Hace escasos días pude leer en los periódicos acerca de una propuesta que pretende regular las opiniones emitidas sobre temas políticos y sobre las que tendrán derecho exclusivo los que ostenten el título de politólogos so pena de multa o arresto. Confieso que tuve que leer varias veces la noticia para poder digerirla de forma completa ya que la proposición mencionada no solo atenta contra la libertad de expresión sino que constituye a mi forma de ver una acción desafortunada.

Pero lo sorprendente de la propuesta es que la misma se genera en la mente de un grupo de supuestos académicos todos miembros de un círculo “intelectual” de la “Casa de Mendez Pereira”. No obstante, no hay que escarbar mucho para darse cuenta de que tras dicha iniciativa se proyecta en primer plano la “embriaguez” que produce el poder sobre todo de aquellos que no saben administrarlo correctamente y en segundo lugar está la conexión política y de favores que desgraciadamente existe desde ya hace muchos años entre algunos “titiriteros” de la Asamblea de Diputados y las Universidades del Estado donde las mismas se han convertido en agencias de empleos para los copartidarios de los “círculos ceros”.

La propuesta de marras es tan ridícula como pretender que solo pueden hablar de Dios los sacerdotes y pastores autorizados. Al igual que también podrán opinar sobre el amor los que estudien algo que en el futuro podría llamarse “amorología” y que dentro de la estupidez que habita en muchas mentes de “aduladores” con toga y corbata no está muy lejos de ser otra nueva idea “genial”

Cuando una propuesta insensata como ésta llega siquiera a convertirse en objeto de discusión en la Asamblea de Diputados debemos realmente inquietarnos y preocuparnos ya que dice mucho de lo que hemos hecho mal como sociedad cuando elegimos y seguimos eligiendo a personas sin una pizca de raciocinio. La estupidez es una mala consejera cuando va de la mano de la arrogancia o la locura. En ambos casos hemos tenido lecciones abominables a través de la historia y que han desembocado en crímenes de lesa humanidad que una mayoría pensante no quiere volver a repetir.

Muy bien lo dijo el comediógrafo griego Aristófanes: " La juventud pasa, la inmadurez se supera, la ignorancia se cura con la educación y la embriaguez con sobriedad pero la estupidez dura para siempre.

El autor es sociólogo y docente panameño


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