Hace años, mi amigo Ariel Barría, me dijo que no es lo mismo volver que regresar. Había una feria de literatura infantil y juvenil y allí estaba él, y nos saludamos con el entusiasmo de los encuentros fortuitos y muy deseados, y cuando le dije que estaba de vuelta en Panamá, me dijo que no era lo mismo y que sólo regresamos de donde de verdad hemos salido. Y yo salí de Panamá, así que regreso, no vuelvo, aunque pueda parecer lo mismo.
Regresé a Madrid en estos días, después de más de un año, pandemia de por medio, con las ganas de los abrazos y las palabras de la gente que de verdad lo quiere a uno por lo que es, así, sin más. Regresé a Madrid, a mi gente, a los amores verdaderos, a los que hacen que la distancia sea poca cosa porque siempre están pendientes de uno, y uno no sabe cómo corresponder a tanto cariño.
El Madrid que dejé se ha movido, pero conserva el sabor de los acentos nuestros y la mesa sabrosa, regada con buen vino de todos lados. El Madrid que me recibió, sigue con el abrazo intacto y los amigos con el deseo renovado de volver al desayuno de confidencias, letras y proyectos.
Sólo regreso a Madrid como regreso a Panamá. Ariel tenía razón, a Panamá no se vuelve, se regresa, porque de allí salió todo: la infancia, las pocas letras, las ilusiones, y que en Madrid se hicieron más grandes, donde se mezclaron con lo mejor de cada casa para enseñarme que ser panameño es también ser madrileño: las eñes no engañan nunca.
Ojalá las letras me regresen pronto a Panamá. Madrid es siempre una fiesta, como Panamá, la de la amistad, las letras y los sabores. Qué bueno que en Madrid algunos amigos me conservan el habla panameña, y que en Panamá, algunos me conservan el madrileño de adopción: lo importante es sentirse en casa.
El autor es escritor

