Todos los años, para esta fecha, abundan los artículos sobre la invasión de 1989. Sin embargo, tanto en estos textos como en los documentales realizados al respecto, frecuentemente encuentro distorsiones o falta de información sobre aspectos que muchos consideramos una liberación más que una invasión.
Soy testigo viviente de lo ocurrido en ese triste episodio de nuestra historia. Al igual que muchos panameños, formé parte de un pueblo que rogaba por un cambio que removiera a Noriega. Tristemente, todos lamentamos las víctimas de aquel desafortunado evento, una invasión que, ojalá, se habría evitado si Noriega hubiese tomado decisiones distintas.
El país estaba secuestrado por un dictador que no mostraba interés alguno en el futuro de Panamá ni de sus ciudadanos. Estados Unidos le ofreció reiteradamente salidas pacíficas, pero él las rechazó. Mientras tanto, la Cruzada Civilista clamaba por libertad, justicia y democracia, enfrentando golpizas, encarcelamientos y hasta el exilio. El pueblo, sumido en una crisis económica y emocional, ansiaba desesperadamente un desenlace que terminara con aquel cautiverio.
Hechos de los que fui testigo:
El día de la invasión, se distribuyeron volantes conocidos como “pasaportes a la libertad”, firmados por el general Marc Cisneros, para que miembros de las Fuerzas de Defensa, los Batallones de la Dignidad y CODEPADI pudieran rendirse. Estos prometían seguridad, atención médica, comida y descanso si se entregaban a las autoridades estadounidenses. Muchos militares, sin embargo, ignoraron esta oferta.
Cuando los soldados estadounidenses llegaron al barrio de El Chorrillo en vehículos APC, usaron altavoces para pedir la rendición de las Fuerzas de Defensa en el Cuartel Central. En lugar de rendirse, abrieron fuego, lo que desató un enfrentamiento que terminó incendiando El Chorrillo. La pregunta es: ¿qué habría sucedido si estos supuestos “defensores de la patria” hubieran entregado sus armas? Probablemente, El Chorrillo estaría intacto.
A modo de contraste, en Chiriquí, el comandante Del Cid, jefe del cuartel local, izó la bandera blanca, y la paz prevaleció. En esa ciudad no hubo víctimas fatales.
Algunos miembros de las extintas Fuerzas de Defensa afirmaron que lucharon por la patria, enfrentando al mayor poder militar del mundo. En realidad, inspiraron a compatriotas a enfrentarse como carne de cañón, mientras el máximo líder se escondía, de casa en casa, hasta rendirse días después en la Nunciatura.
Durante la invasión, una emisora ubicada en el edificio de la Contraloría transmitía mensajes instando al pueblo a pelear, asegurando que la guerra estaba ganada. Los estadounidenses la destruyeron rápidamente.
Los Batallones de la Dignidad, de manera inhumana, llamaban a civiles a enfrentarse al ejército norteamericano. En el libro The Enemy Within: Casting Out Panama’s Demon, se documentan atrocidades de este tipo, como niños obligados a cargar bazucas y otras barbaridades promovidas por estos batallones.
Fernando Berguido, destacado abogado y periodista panameño, publicó recientemente El colapso de Panamá, una narración bien documentada que abarca desde el golpe militar de 1968 hasta la invasión. Este libro debería ser lectura obligatoria para quienes no vivieron esa etapa de nuestra historia, ya que expone con claridad los hechos.
No se puede negar que la invasión trajo enormes daños colaterales, y es profundamente lamentable que todo esto pudo haberse evitado si una sola persona hubiera tomado otra decisión.
Algunos afirman que la verdadera intención de Estados Unidos era disolver las Fuerzas de Defensa. Si esto fuera cierto, Noriega y sus seguidores facilitaron el proceso, actuando bajo la llamada “obediencia debida”. Declararon la guerra a Estados Unidos y asesinaron a un ciudadano norteamericano, sellando su destino.
La amarga realidad es que este trágico episodio pudo haberse evitado si Noriega hubiese hecho el primer día lo que terminó haciendo varios días después en la Nunciatura: rendirse. Un ejemplo claro es el del general Cedras en Haití, quien, ante la amenaza de invasión, se rindió y vivió cómodamente en Panamá. De haber actuado igual, Panamá no habría sufrido invasión, saqueos, destrucción ni la pérdida de vidas. Tan sencillo como eso.
El autor es ingeniero y promotor de proyectos.
