Probablemente las dificultades dentro del sistema establecido deban analizarse desde otra perspectiva.
Desde hace un tiempo se vienen evidenciando múltiples fallas en el sistema de educación panameño, más de las que se suelen percibir. De forma silenciosa, se están consolidando ciertos parámetros que dificultan el ingreso de nuevos profesores y maestros al sistema, además del claro conflicto que existe por las condiciones complejas que enfrentan docentes y estudiantes en áreas de difícil acceso.
Lo que he mencionado no es nada nuevo, ni es algo que pase desapercibido; sin embargo, si revisamos de manera lógica el tiempo que se lleva intentando lidiar con esta situación, queda claro que se ha carecido de un planeamiento estratégico sólido que conduzca a soluciones concretas.
Es cierto que se plantea una nueva reforma educativa para intentar subsanar ciertas deficiencias dentro del sistema, pero, a mi parecer, esto no es más que “una curita que intenta tapar un cuello degollado”.
Supongamos que el currículo educativo se modifica y que el horario se ajusta a las necesidades regionales de los planteles. Si, pese a ello, aumentan el fracaso escolar, la deserción y la insatisfacción de maestros, estudiantes y padres de familia —en especial por carencias de infraestructura y el aislamiento de planteles en zonas de difícil acceso—, entonces el problema de fondo debe abordarse desde una perspectiva poco explorada.
Con frecuencia se mencionan sistemas educativos de otros países, casi siempre con ejemplos nórdicos o asiáticos.
Cuando algún padre de familia, profesor o delegado del Ministerio de Educación aborda el tema enfocándose en países con sistemas educativos consolidados, se suelen obviar dos aspectos que, a mi juicio, son fundamentales. Estos países cuentan con sistemas políticos y educativos con niveles muy bajos de corrupción y, además, su cultura ciudadana refleja una estructura de normas, valores y principios sólidamente establecidos. Esto demuestra que la construcción de un buen sistema educativo está más relacionada con la memoria colectiva y la influencia social que con simples reformas técnicas.
La pedagoga sueca Inger Enkvist, en su reflexión sobre el secuestro de la educación por intereses ajenos a ella y sus consecuencias, señala: “No se trata solo de corrupción económica, sino también de corrupción moral, porque el sistema de educación está pensado para transmitir la cultura del país, socializar a los jóvenes como ciudadanos y formar la mano de obra que necesita el país. A pesar de tener una misión importante, la educación no educa o no educa tan bien como quisiéramos”.
Si nuestra influencia social está infestada de corrupción en las grandes estructuras y planteles, el sistema terminará produciendo reformas que respondan al mismo esquema corrupto imperante.
Nuestra memoria colectiva influye en la forma en que percibimos el sistema educativo y refleja cómo se educó a generaciones enteras. Si durante décadas hemos desvalorizado nuestro propio sistema, socialmente los jóvenes —muchas veces sin notarlo— terminarán por desconfiar de él y restarle legitimidad. Por ello, gran parte del desafío es más social y cultural que curricular o tecnológico: mientras no cambien nuestra memoria colectiva y nuestra relación sociocultural con la educación, difícilmente se corregirán las falencias actuales.
Cuando intentamos implementar modelos funcionales de otros países o regiones, deberíamos analizar primero qué tipo de cultura y sistema político sustentan sus principios morales. Si ignoramos ese contexto, estaremos obligando a nuestro sistema a usar “ropa de invierno en un clima tropical”, algo que, por lógica, resulta incompatible.
Al final, no basta con implementar políticas anticorrupción desde el Estado; la ciudadanía también debe asumir un rol activo, convirtiéndose en agente de cambio para erradicar la cultura de la corrupción.
El autor es diseñador y poeta.


