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República burocrática

La corona española estableció un modelo centralizado para administrar los territorios del continente americano en el siglo XVI. El modelo fue implementado a través de una organización de tipo jerárquica creada por la monarquía. La organización estaba compuesta por la monarquía, que coordinaba el Consejo de Indias -máximo órgano en los asuntos del “Nuevo Mundo”- instancia que, a su vez, asignaba a un funcionario “capacitado”, quien se encargaba de que esta jerarquización en el continente funcionara.

Sin duda, este sistema resultó de cierta forma eficiente para la época, ya que eran vastas las distancias que separaban un territorio del otro; la comunicación dependía de navíos de vela que debían atravesar el océano durante meses o años, en ocasiones, para solo hacer llegar un mensaje.

Este modelo, eficiente en el contexto descrito, tenía sus fallas, siendo la principal, la lentitud administrativa. El centralismo excesivo, aunado a las diversas jerarquías establecidas en los asentamientos, desarrolló un monstruo burocrático que, increíblemente, transcurridos más de 400 años, parece imperar en nuestro sistema administrativo del siglo XXI. En la llamada era digital, en la que no necesitamos de navíos que crucen largas distancias, sino un dispositivo tecnológico con internet para enviar un mensaje o archivo en cuestión de segundos a lo largo del mundo, todavía se mantiene un sistema con raíces en el siglo XVI.

Es poco creíble que en la era del gran hermano orwelliano tengamos que llevar documentos y fotografías en físico, cuando la virtualidad impera en nuestra vida cotidiana.

¿Cuántas cédulas de identidad personal, títulos de propiedad, licencias y escrituras debemos seguir portando en físico en instituciones gubernamentales con limitados espacios de almacenamiento y con poca cultura del orden? ¿Cuántos árboles salvaríamos enviando la documentación requerida para un trámite, vía digital? ¿Cuánto tiempo nos ahorraríamos como ciudadanos para seguir siendo productivos en nuestros trabajos, para descansar, dedicarle tiempo a nuestros familias, usando la alternativa digital en vez de ocuparlo haciendo filas interminables para la entrega de un documento?

El Gobierno de la República de Panamá, a través de la Autoridad Nacional para la Innovación Gubernamental (AIG), ejecuta la estrategia de “Gobierno Digital”, con el objetivo de priorizar la tecnología e innovación desde noviembre de 2019. Sin embargo, seguimos priorizando el papel antes que la virtualidad y, peor aún, seguimos propiciando la aglomeración en una época de crisis sanitaria.

Todos estos desaciertos gubernamentales distan de una verdadera política de Estado.

Son fallas en la administración pública que merman el desarrollo, el progreso y la democracia del país. Es burocracia sin sentido. Solo afecta la confianza ciudadana.

Genera gastos innecesarios, se desperdicia el tiempo y se crean escenarios propensos a la corrupción.

¿Cómo podemos mejorar esta nefasta situación? Muy probablemente, desarrollando la comunicación y el trabajo interdisciplinario entre las instituciones gubernamentales; nombrando funcionarios por meritocracia, asegurando que cada profesional se desempeñe en su área de especialidad; digitalizando los trámites, para, de esta forma, omitir la presencialidad a la hora de realizar un trámite en una institución.

Panamá no es solo abundancia de peces y mariposas, sino también de trámites interminables que atentan contra la integridad y el buen funcionamiento del país.

Gestionar el sueño eterno de un trámite es el caldo de cultivo perfecto para el desarrollo de gérmenes como la corrupción. La parsimonia burocrática fomenta la práctica del soborno y del tráfico de influencias.

La burocracia afecta todas las esferas de la vida: incide sobre la salud, con la cita médica en seis meses; nos perjudica en el trabajo con la licitación del aire acondicionado o del equipo tecnológico; nos hace daño en la educación con el trámite para exponer un trabajo final o para obtener un diploma; nos frena en nuestra dinámica familiar cuando tenemos un conflicto con nuestro vecino y terminamos resolviéndolo antes que nuestro querido juez de paz. Nos afecta como país, como sociedad, como comunidad, como conglomerado, como individuos, como seres humanos.

La burocracia es un problema global, un mal del que Panamá tiene un diagnóstico terminal… que puede revertirse si cambiamos para bien. Menos papeles, más simplificación de trámites, para dejar de ser “la República Burocrática”.

El autor es miembro de Jóvenes Unidos por la Educación


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