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Respeta al animal

Respeta al animal
‘Más deportes, menos ratas’

Piensa en ese colega que siempre llega con discurso gremial y se va con el presupuesto bajo el brazo. O en ese político de verbo elástico que cambia de principios con la agilidad de un acróbata… ¿Ya los tienes identificados? Ahora prepárate para pedirle disculpas a la fauna entera. Los verdaderos especímenes no tienen colmillos ni alas: tienen oficina, micrófono y una sonrisa que cotiza en campaña.

La rata y el altruismo de alcantarilla

Le hemos endosado la culpa moral del mundo. “Rata” es el corrupto, traidor, quien huye cuando llegan las consecuencias. La rata real —la de carne, hueso y bigote— tiene una vida social que avergonzaría a más de un comité ejecutivo.El roedor sacrificaría comida por liberar a otra rata atrapada. ¿Te imaginas a un funcionario emulándola? La rata animal limpia lo que otros ensucian; la rata humana ensucia y luego crea una comisión para investigar… con presupuesto ampliado.

El tiburón y el ejecutivo del abismo

Villano de película que nos vendieron como asesino serial del océano. El tiburón es regulador ecológico: elimina lo enfermo, lo débil, lo que ya no funciona. El tiburón de traje devora empresas, empleados y reputaciones con la elegancia con la que posa para una portada. El animal muerde por supervivencia; el humano muerde por bonificación. Uno mantiene el ecosistema; el otro lo declara en quiebra y exige rescate. Si el tiburón real operara como ciertos ejecutivos, cobraría peaje por nadar y luego privatizaría el arrecife.

La víbora y la cortesía del siseo

A la víbora se le acusa de traición, engaño, perfidia. Sisea. Advierte. Avisa. Dice “no te acerques” con una honestidad que ya quisiéramos en más de un discurso. El veneno humano, en cambio, viene sin etiqueta. Se inocula por la espalda, con emoticonos, saludos cordiales y palmaditas. La víbora usa su toxina para comer; el humano la usa para destruir.

Buitre, higienista

No mata. Hace el trabajo que nadie quiere ver: limpia la muerte para que la vida continúe. Ética silenciosa en su oficio. El buitre humano llega antes de que termine el duelo, calcula beneficios y firma contratos sobre la mesa del velorio. El animal respeta los tiempos; el humano los acelera. El primero evita epidemias; el segundo las administra.

El lobo y la hermandad proscritaTerror de los cuentos infantiles, ese que vive en comunidad, cuida a los suyos y respeta jerarquías que no dependen del capricho. El lobo real protege a su manada; el lobo humano la usa de escudo. El primero caza para vivir; el segundo vive para cazar.

La naturaleza resulta ser más ética que la palestra. Los animales no fingen. No prometen lo que no pueden cumplir. No firman lo que no piensan honrar. Así que la próxima vez que vea una rata, una víbora o un buitre, mírelos con respeto. Ellos, al menos, no le pedirán un voto para luego morderle la mano. El verdadero animal —ese sí— usa colonia cara, pronuncia discursos encendidos y sonríe mientras calcula cuánto vale su silencio.

El autor es periodista y filólogo.


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