Llama la atención las discrepancias evidentes entre lo que se enseña en el sistema educativo y las aspiraciones de los padres de familia. Abundan opiniones encontradas sobre lo que consideran sus progenitores deben aprender sus hijos en lo académico, personal, social y ciudadano. Como joven de 18 años, tengo mis propias opiniones.
Sabedores de que existe un atraso educativo de medio siglo en nuestro país, hay que reconocer que nuestros padres, e incluso generaciones anteriores a las suyas, sufren las repercusiones de una educación de mala calidad. Es un hecho que fueron usuarios de un sistema decadente. Son ellos, las generaciones que hoy son parte de la comunidad de padres y madres de familia. Admiramos su perseverancia e iniciativa como progenitores que han hecho factible que jóvenes de nuestra nación alcancen grandes logros. Nos preocupa su aversión a tocar temas polémicos en materia educativa, que afectan la posibilidad de lograr un consenso.
La educación sexual, el adoctrinamiento en la fe religiosa y la enseñanza de ciencias políticas y participación ciudadana son algunos de los temas que causan debates estériles sin resultados apreciables en el pénsum académico.
Comprendemos el temor de algunos padres conservadores de exponer a sus hijos a ideologías que ni ellos alcanzan a entender por completo.
Resulta crucial enseñar a las futuras generaciones a debatir y utilizar el diálogo como herramienta efectiva para resolver problemas y desarrollar el juicio crítico.
Es en el hogar donde más aprendemos observando. Psicólogos y analistas recalcan la importancia de un ambiente familiar dinámico e interactivo para asegurar un crecimiento sano.
Es triste que muchos problemas globales tengan su génesis en la falta de comunicación entre líderes, influenciadores y tomadores de decisiones. ¿ Qué cultivamos? ¿El egocentrismo? ¿La terquedad sin razón?
Tal vez no resulte tan obvia la relación entre las disputas políticas internacionales y los ejemplos y la enseñanza en casa. La familia es el núcleo de nuestra sociedad; la primera escuela y primera conexión con el mundo real. Estamos criando desde el hogar, para bien o para mal, a los líderes del mañana.
Dejemos de preocuparnos tanto por el estereotipo que la sociedad aspira de nuestros niños y preparemos para la vida. En vez de insistir en ideologías, hablemos con ellos de sus temores, esperanzas y sueños.
En una sociedad democrática abundan puntos de vista, interpretaciones y visiones diferentes. La sabiduría y el respeto a las ideas de otros son claves para dar respuesta a los desafíos sociales. Argüir excusas relacionadas al entorno social para no divulgar hechos sociales irrefutables como que perdemos la batalla con los embarazos adolescentes, el abuso sexual de menores y la proliferación del VIH sida, es inaceptable. Las estadísticas gritan; la sociedad calla.
No le quitemos el derecho a una educación que prepare a nuestra niñez y juventud al desafío de la sociedad mundial. Hemos sido víctimas de la mediocridad por demasiado tiempo. Aspiremos a ser transparentes. La humanidad evoluciona y se transforma de manera exponencial. No retrasemos el progreso.
La autora es miembro de Jóvenes Unidos por la Educación