Algunas semanas después de haber culminado el proceso de elección interna para rector y decanos en la Universidad de Panamá, tuve la oportunidad de reunirme con un alto funcionario de “La Colina” para conversar aspectos del futuro en esta institución. Dos cosas me preocupaban y que habían sido el lastre en la casa de Méndez Pereira por décadas. La primera constituida por la práctica nepotista de administraciones anteriores. Se había nombrado sin barrera de ningún tipo a familiares de funcionarios devengando altos salarios (primos, hermanos, esposas, amantes, etc…). En algunas cafeterías de la Universidad de Panamá, por ejemplo, existían verdaderos “árboles genealógicos trabajando”, con el único compromiso de la lealtad para quien los nombró. Sin embargo, la atención seguía siendo pésima.
El segundo aspecto de mi preocupación era el número de profesores “octogenarios” devengando doble salario, el de su jubilación y el vigente gracias a la nefasta ley Faúndes, que fuera ratificada por la Corte Suprema de Justicia y que producto de la cual tenemos a más de 40 mil jóvenes desempleados esperando desde hace años por una vacante para dictar clases o algún otro puesto que está siendo ocupado por alguien que se resiste “contra natura” a retirarse y darle oportunidad a las generaciones emergentes. Hay profesores en distintas universidades estatales y escuelas públicas que van en bastón y andaderas a dar clases utilizando el mismo folleto de hace décadas, todo para seguir devengando el jugoso salario y hacerle frente a los compromisos de sus nietos y bisnietos.
Sobre estos dos aspectos, la respuesta que me dio el funcionario al principio mencionado me dejó al borde del desplome como en un pasquín de Condorito. Sobre el nepotismo me dijo que esto era parte de la cultura universitaria y no podía cambiarse “así por así”. Siempre se han dado nombramientos de familiares en esta casa de estudios, porque el reglamento interno no dice nada contrario. Y sobre los profesores chochos me sustentó que la mayoría eran especialistas y lumbreras difíciles de reemplazar. En pocas palabras, los nuevos profesionales tendrán que esperar hasta la muerte de estos para pelearse un espacio y dar a conocer sus capacidades. Dos respuestas que a mi juicio retratan de cuerpo entero la mediocridad de muchos funcionarios de alta jerarquía y que pululan por doquier como la famosa “peste negra”. Recordemos que muchos puestos gubernamentales, incluyendo ministerios, son ocupados por “lealtades políticas”, “lazos familiares y amorosos”, “favores económicos”, etc., menos por aptitud o capacidad. De tal forma que veremos direcciones administrativas dirigidas por gente con baja autoestima y sin una pizca de humildad y discernimiento, dispuestos a tomar venganza cuando su mediocridad se ponga en evidencia por otro con mayor capacidad. Decía José Ingenieros en su obra cumbre “El hombre mediocre: “El ambicioso quiere ascender hasta donde sus propias alas puedan levantarlo, el vanidoso cree encontrarse ya en las supremas cumbres codiciadas por los demás”.
La Asamblea de diputados es otro ejemplo visible de cómo los menos capaces llegan a decidir sobre asuntos tan sensibles como la aprobación de leyes ¿Quién los eligió? Una multitud mediocre.
En muchos países de Europa y América cuando una persona llega a la edad de jubilación, decide si quiere seguir trabajando o cobrar su pensión por años laborados. Pero es una de las dos en caso de que sea funcionario del Estado, a diferencia de Panamá, donde la corrupción y la mediocridad permiten que pueda devengar dos “entradas económicas” que tanto daño le hace al erario y a jóvenes profesionales deseosos de una oportunidad.
Considero que la ley Faúndes debe ser cambiada y permitir que la gente pueda acogerse a su descanso mental y biológico para evitar toda suerte de enfermedades que trae el luchar contra el reloj biológico y natural. Dice el libro de Eclesiastés que existe “un tiempo para sembrar y otro para cosechar”, para trabajar y descansar. Palabras sabias que muchos desoyen por no haber planificado su retiro con tiempo y porque el orgullo y vanidad pueden más que la sensatez.
El autor es sociólogo y docente panameño
