Muchas son las historias que se erigen alrededor de una cuenca tan clave para el país y sus moradores como la del río Indio. El ser humano opera siempre desde el conocimiento y, sobre este, toma decisiones informadas e identifica razones para valorar aquello que le resulta conveniente al decidir sobre su futuro.
No hablamos de números fríos o indicadores que adornan discursos estéticamente elaborados, como 605 y 825 millones de galones diarios, que asegurarán el agua a más del 50% de la población y las operaciones del Canal de Panamá. Es más que eso: se trata de una construcción colectiva bajo una idea de progreso que ha dejado de nombrar lo nuevo con viejos paradigmas, como cuando denominamos al automóvil “carro”, derivado del carruaje o de una carreta tirada por caballos, y a la potencia de su motor moderno “caballos de fuerza”: nuevas realidades leídas desde viejos conceptos.
En el desarrollo de un proyecto estratégico de esta naturaleza, todas las cosas se hacen nuevas y mejores. Y si existe un estándar internacional como el IFC PS5, que en materia de indemnización garantiza justicia y preservación cultural, para el Canal de Panamá es solo un punto de partida, sobre el cual se agrega valor de forma progresiva, reconociendo a las comunidades como sujetos de derechos y portadoras de saberes. Aquí, la resiliencia no es una capacidad subjetiva de resistir el cambio, sino la posibilidad de transformarlo en oportunidades de desarrollo justo para todos y, principalmente, para sus familias.
Este proceso nos invita a repensarnos como panameños, porque, contrario al viejo paradigma del siglo XX, se trata de nuestra gente, no de “los de allá” y “los de acá”, una división que se desvanece ante la realidad. Así, mediante un diálogo participativo sostenido en más de 200 reuniones comunitarias, estas voces valiosas asumen un rol protagónico en la toma de decisiones. El Canal de Panamá, desde hace más de un año, ha reforzado los mecanismos que aseguran una representación amplia de los saberes involucrados.
Uno de los desafíos ha sido facilitar, sin excluir, que el conocimiento y la capacidad de discernimiento de sectores mayoritarios convivan con las visiones de las minorías, cuyos planteamientos también son escuchados. Lo cierto es que Panamá vive, a nivel nacional y en el orden geopolítico, un momento decisivo, y hoy el país ha elegido la opción que busca generar el mayor bienestar posible.
Por ello, cabría replantear la pregunta: más que indagar qué ha hecho bien el Canal de Panamá en río Indio, habría que preguntarse qué ha hecho bien la población de la cuenca. Sus habitantes han optado por informarse en lugar de reaccionar: han asistido a reuniones, revisado información, formulado preguntas y exigido claridad en las respuestas, lo que evidencia una elevada madurez cívica.
No se trata de grados académicos ni de operar bajo el llamado “efecto Poincaré”, que advierte sobre la arrogancia de los expertos. El Canal de Panamá ha comprendido que existe una sabiduría innata entre sus moradores, quienes prefieren analizar los hechos antes que dejarse llevar por rumores, protegiéndose de narrativas falsas y radicalismos que a nadie benefician.
Asimismo, los pobladores han participado activamente en los espacios formales de diálogo, pasando de un 30% a cerca del 70% de participación en las convocatorias a mesas de trabajo para la elaboración de los planes de reasentamiento. Han aprovechado estos espacios para defender sus derechos, codiseñar contenidos, discutir datos y proponer alternativas. No son convidados de piedra; son protagonistas en la construcción de las decisiones que marcarán su futuro.
El resultado de este diseño colectivo ha fortalecido a las comunidades, concentrando su energía social en asegurar acceso a servicios, viviendas dignas, seguridad jurídica sobre su propiedad y la restitución integral de sus medios de vida.
En este proceso, queda claro que las comunidades son dueñas de su propio destino. Al evitar la división interna, la mayoría ha sabido convivir con el desacuerdo, respetar a quien piensa distinto y mantener la cohesión social.
Con todo este capital humano, en un país pequeño donde nada es ajeno, no existen “los de allá” y “los de acá”. En este camino que construimos juntos, no hay progreso legítimo que se levante sobre la negación del otro, porque, parafraseando a Fiódor Dostoievski, cada uno de nosotros es responsable de todos y ante todos.
El autor es coordinador de la Memoria Histórica del Canal.

