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Río La Villa y San Juan Bautista: la voz que clama en el desierto

Río La Villa y San Juan Bautista: la voz que clama en el desierto
Contaminación del Río La Villa, provincia de Los Santos. 18 de enero de 2026. Foto: LP/Alexander Arosemena

San Juan Bautista es recordado como la voz que clamaba en el desierto, anunciando la necesidad de conversión y un nuevo comienzo. Su figura, austera y firme, se erige como símbolo de advertencia y esperanza. Hoy, en pleno siglo XXI, esa voz resuena en las aguas turbias del río La Villa, convertido en espejo de nuestra indiferencia y de la incapacidad institucional para proteger lo más básico: el agua que sostiene la vida.

El río La Villa no es un curso cualquiera. Es la arteria que alimenta a comunidades enteras en Herrera y Los Santos. Su historia está ligada a la agricultura, al abastecimiento humano y a la identidad cultural de la región. Durante décadas fue símbolo de abundancia: familias de Monagrillo, Llano Bonito, La Arena y Los Olivos sembraban sandías, melones y tomates en sus vegas fértiles, mientras los balnearios se llenaban de alegría, risas y confianza. Pero desde hace años su nombre aparece asociado a contaminación, excusas y abandono. Los informes oficiales se dilatan, los proyectos millonarios fracasan y la ciudadanía sigue esperando respuestas que nunca llegan.

La paradoja es dolorosa: mientras celebramos fiestas patronales en honor al santo, el río que debería ser símbolo de pureza se encuentra enfermo. La contaminación no es solo un problema técnico; es un reflejo de nuestra crisis ética. ¿Cómo hablar de conversión espiritual si no somos capaces de convertir nuestras prácticas cotidianas en gestos de respeto hacia la naturaleza? ¿Cómo celebrar la memoria de un profeta que denunciaba la hipocresía, si permanecemos en silencio ante la negligencia ambiental?

San Juan Bautista bautizaba en el Jordán, un río que simbolizaba el paso hacia una vida nueva. El río La Villa, en cambio, se ha convertido en una frontera hacia la desesperanza. Los agricultores ven disminuir sus cosechas, las familias reciben agua de dudosa calidad y los jóvenes crecen creyendo que la contaminación es una normalidad inevitable. Esa resignación es peligrosa: mata la esperanza y perpetúa la inacción. Y es precisamente contra esa inercia que la voz del Bautista nos interpela: “Enderecen sus caminos”.

No se trata de un llamado religioso en sentido estricto, sino de una exigencia ética y ciudadana. El río La Villa necesita una conversión colectiva: de las autoridades, que deben dejar de esconderse detrás de informes inconclusos; de las empresas, que deben asumir su responsabilidad en el manejo de desechos; y de la ciudadanía, que debe pasar de la queja a la acción organizada. No hay futuro sin agua limpia, no hay justicia sin transparencia y no hay comunidad sin solidaridad.

El silencio oficial es tan escandaloso como la contaminación misma. No basta con anunciar proyectos de desinfección, construir una planta potabilizadora o repartir agua embotellada en momentos de crisis. Se requiere un plan integral, sostenido y transparente que devuelva al río su capacidad de ser fuente de vida. La memoria de San Juan Bautista nos enseña que la verdad no puede ocultarse indefinidamente: tarde o temprano, la voz que denuncia se impone sobre el ruido de las excusas.

El río La Villa es hoy símbolo de nuestra encrucijada histórica. Podemos seguir celebrando fiestas patronales mientras ignoramos la realidad, o asumir que honrar al Bautista implica escuchar su mensaje de conversión y justicia. No se trata de rituales vacíos, sino de compromisos concretos: exigir rendición de cuentas, promover la educación ambiental y reconocer que el agua es un derecho humano irrenunciable.

La voz que clama en el desierto no pide milagros; pide coherencia. El río La Villa no necesita discursos, necesita acciones. Cada acción, por pequeña que sea, puede convertirse en un signo de esperanza: desde la escuela que enseña a sus estudiantes a cuidar el agua hasta la comunidad que organiza jornadas de limpieza. La conversión que San Juan Bautista anunciaba no era abstracta; era cambiar la manera de vivir. Hoy, cambiar la manera de relacionarnos con el río es la única forma de honrar su memoria.

La crisis ambiental es también una crisis espiritual. El profeta del Jordán se convierte en metáfora de lo que necesitamos: una voz firme que nos despierte de la indiferencia y nos empuje a la acción. Porque si seguimos callando, el río dejará de hablar. Y cuando un río muere, muere también la comunidad que depende de él.

La voz que clama en el desierto sigue viva. Escucharla es nuestra responsabilidad. Actuar en consecuencia es nuestra única esperanza.

El autor es consultor ambiental.


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