Se ha levantado en estos días una defensa de “lo nuestro” por las calles y redes sociales del término culinario ropavieja, que Baltazar Isaza Calderón, en su Panameñismos, define como “plato de carne deshilachada que se guisa con tomates y otros condimentos”. El DEPA no recoge el término, pero, en la entrada carne, dice “frita, guisada, mechada…“, y es contra este último término que se levantan los panameños, porque los venezolanos llaman ”carne mechada" a “nuestra” ropavieja y así la venden en nuestro territorio.
Cuando se busca el término en el Diccionario de la Real Academia o en el de americanismos, la palabra no se asocia a Panamá, tampoco a Venezuela. Parece una simple batalla de patio, un suspiro por lo que fuimos o creímos haber sido: no es más que un viejo sueño perdido. Panamá, en estas discusiones, es muy ignorado, como si fuésemos solo un escenario vacío, con el Canal de fondo y nada más. Si fuésemos capaces de exportar nuestra literatura, no tendríamos este problema: figuraríamos como usuarios de la palabra porque nos habrían leído.
Si van a un restaurante de comida panameña, pidan ropavieja, como siempre; y si van a uno venezolano, pidan carne mechada, y se acabó el problema. Defender Panamá en términos tan simples es no reconocer las dimensiones de lo poco que se sabe de nuestro país en el exterior, y eso es culpa de todos, que nos hemos creído la “divina garza” de puertas para dentro. En general, Panamá es el Canal, Durán, Blades y, ahora, los ignominiosos Papeles o Papers.
Urge dar a conocer nuestro país, nuestras historias, y eso solo lo consigue la literatura: novelas, cuentos, películas, poemas, obras de teatro, canciones. Llevamos treinta años de retraso en esto de la exportación literaria, y no es por falta de talento y esfuerzo de los escritores, sino por falta de criterio y de lectura en las instituciones culturales, que siguen sin saber a qué se dedican.
El autor es escritor.


