Son 215 kilómetros en la BR-174, una autopista aislada en medio de la selva amazónica, estrecha, llena de curvas sinuosas y agujeros mal tapados. Bajar a pie la sierra de Pacaraima, que da nombre al primer municipio brasileño en la frontera con Venezuela y allí hasta Boa Vista -destino final del viaje- que miles de venezolanos vienen realizando a diario en su lucha por encontrar pan y techo.
Esta especie de “ruta del hambre” recibe todos los días un promedio de 50 nuevos viajeros, que recorren a pie el trayecto entre la frontera de Venezuela y la capital de Roraima, estado de Brasil.
“Aquí hay comida y trabajo”, dice una venezolana, mientras camina por la carretera. En Venezuela sienten de cerca la grave crisis política y económica. La superinflación en Venezuela, que ya es la mayor del mundo, debe alcanzar el 13.000% este año, según el Fondo Monetario Internacional, aumentando aún más la pobreza y su incidencia en empleo, educación, criminalidad, nutrición y salud en general.
El futuro aún es incierto en Boa Vista, Brasil. La capital del estado de Roraima hoy tiene 40 mil venezolanos, según los cálculos de la alcaldía, el equivalente al 12% de los 330 mil habitantes locales. La sensación es que la ciudad está llena de inmigrantes y se corre el riesgo de que ocurra una epidemia de sarampión.
Las escuelas reciben un número cada vez mayor de venezolanos, los hospitales también. Y el gobierno federal brasileño planea llevarlos a otras partes del país, en un intento de lidiar con la inmigración que crece a ojos visados y que en números ya supera a la haitiana.
Viajan de la forma que pueden. En algunos tramos van a pie y en otros consiguen aventón para algún otro punto más adelante. La mayoría no se imagina cuán lejos está de la capital. Si tienen suerte y obtienen ayuda por el camino, llevan hasta dos días y una noche para llegar. Si no, caminan por hasta cuatro o cinco días en un itinerario marcado por la falta de comida, sed y cansancio.
“Si son cinco días caminando de día y de noche, son 10 días caminando solamente de día”. Todo sacrificio vale la pena, están seguros de que en Brasil estarán mejor. Lo que agrava la situación es que la mayoría de los inmigrantes que vienen a Brasil por la frontera de Roraima son los más pobres, aun así son más fáciles de lidiar. Los venezolanos también van a otros países de América del Sur, están en Colombia, Perú, Ecuador, Chile Argentina y Uruguay. El contingente que más recibió Brasil fueron primero los de la clase media y luego los de las clases más populares. Esta tendencia va en aumento debido a la gran pérdida del poder adquisitivo en Venezuela, empiezan a llegar como pueden hasta Boa Vista, donde ya tienen amigos, parientes o alguna perspectiva de trabajo. Ir a pie es un camino viable desde el punto de vista físico, pero muy duro. Es una prueba de fuego.
Quieren trabajo para ganar dinero y garantizar el sustento de sí y de los parientes en Venezuela. Este perfil es el de la mayoría de los inmigrantes que buscan a la Policía Federal para regularizarse. Son hombres (58.28%) con una edad media de 25 años.
La inmigración, sin embargo, también trae consigo una parte de gente más frágil. En la carretera se encuentran mujeres bordeando la tercera edad, niños, adolescentes y hasta embarazadas. También hay informes de que los discapacitados físicos y enfermos han hecho el recorrido.
El viaje es un desafío. La carretera casi no tiene hombros y el recorrido es peligroso. Es necesario tener cuidado y atención. Los vehículos pasan veloces en zig-zag. La carretera está rodeada por la selva amazónica, lo que garantiza sombra y frescura al viajero, pero a medida que Boa Vista se aproxima, el escenario cambia. La selva desaparece y la temperatura sube, llegando fácilmente a los 35º C.
Se suman a las intemperies los pesados equipajes que cargan, las ropas zurradas que visten y los calzados frágiles para enfrentar la carretera - algunos usan zapatillas - y el viaje se vuelve fatigoso. Pero eso no es todo. Para quien está hambriento, la peregrinación está marcada por la desesperación y el llanto fácil.
La autora es periodista