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Sábado picante

Después de ver varias sesiones de la mesa única del diálogo y de noticias preocupantes, debo hacer algunas críticas. Me parece bastante injusto que una de las partes del diálogo se oponga a que otros sectores del país estén representados en esa mesa. En primer lugar, porque son panameños, al igual que todos los que estamos preocupados por el futuro del país. En segundo lugar, no se puede culpar a todos los del sector privado productivo de los males que sufrimos.

Adoptar esa postura equivale a decir que el pueblo que eligió a Nito Cortizo no debería estar representado en las negociaciones, porque fue el que eligió a este gobierno, responsable en buena parte de donde estamos. O que los educadores no deben estar porque Etelivina de Bonagas es de su gremio. No todos los empresarios son responsables de esta situación. Y no tengo dudas de que pueden hacer aportes importantes, certeros y oportunos, como lo hacen los que están allí ahora. Les deben eso. O, ¿qué pensarían si este diálogo fuera sin la participación de obreros, indígenas, docentes y otros profesionales?

Por otro lado, decir la verdad no es una falta de respeto. He observado que en esa mesa han estado participando funcionarios que, al oír verdades dolorosas, espetadas a sus rostros, muchas veces con extrema crudeza, reclaman respeto a quienes se las dicen.

Estos funcionarios deben recordar varias cosas. Por ejemplo: la razón de esta cuasi explosión social es la notoria incompetencia de su parte y de sus equipos de trabajo. A ello hay que agregar que hay corrupción y nada se hace para detenerla. No olvidemos la vida ostentosa que llevan –especialmente los diputados… sus diputados– a costa de nuestros impuestos. Gastan y se quedan con mucha de esa plata que piden prestada para pagar favores políticos o costearse el paraíso en el que viven y del que no están dispuestos a renunciar. Pero lo más importante es que trabajan para nosotros y son ellos los que nos deben respeto, pues, a fin de cuentas, somos –los que estamos fastidiados– los que pagamos sus altos salarios.

Esa actitud de superioridad también la noté cuando el diputado independiente Juan Diego Vásquez le dijo varias verdades al ministro de Seguridad Pública, que fue a pedir dinero a la Asamblea sin siquiera saber con exactitud cómo se distribuiría. Además, el diputado le pidió cuentas sobre su rol como ministro, pero su reacción fue exigir respeto. Señor ministro: es usted el que nos falta el respeto. Sus ingresos son de miles de dólares al mes y lo mínimo que debe hacer cuando va a pedir fondos públicos –que sale de nuestro bolsillo– es ir preparado e informarse mejor de su propia gestión.

El diputado no le faltó el respeto. En lo que sí concordaría es en que, como consecuencia de su ignorancia en los temas que debió haber respondido de forma categórica, quedó tan mal que ahora pocos le darán ese respeto que usted exige.


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