Sábado picante

Sábado picante
Diálogo en Penonomé. Archivo

¿Qué tan en serio se toman los negociadores la mesa única de diálogo? El jueves pasado, los participantes llegaron a su cotidiana cita a horas distintas. Mientras los que exigen reformas estaban listos a media mañana, los de gobierno arribaron poco antes del anochecer. Esto quizá sea un detalle sin importancia, pero el mensaje que envía es, justamente, lo contrario. En tanto, las negociaciones continúan aportando parches y el principal negociador, Saúl Méndez, lo sabe perfectamente, pues si alguien tiene experiencia en este ramo es él.

Y también lo sabe el Gobierno, que no ha tenido problemas en aprobar cuanto le pidan, sabiendo que la solución no está en la superficie sino en el fondo, subestimando la paciencia de un pueblo cansado de la burla de la que es objeto en las últimas décadas. Y no son más que parches, porque los problemas abordados en la mesa necesitan ser analizados a la luz de información y en profundidad. No se trata de cumplir los deseos de una parte mientras la otra agacha la cabeza, aprobando lo que le pidan sin cuestionar.

Méndez ha capitalizado la transmisión de las reuniones, pues, siendo el negociador que es, no ha tenido necesidad siquiera de alzar la voz. Cada argumento en contra, cada sugerencia de la contraparte –si es que las hay– es aplastada por Méndez y por los grupos afectados, que, además, tienen razón en lo que dicen, aunque no en todo lo que piden. Pero exigen, porque mientras haya plata para robar en la Asamblea, ellos sentirán que debe haberla para subsidiar medicinas, comida, gas, transporte, gasolina, viviendas, etc.

Los quejosos solo siguen el guión escrito por los políticos. Por ejemplo, el diputado recibe del Estado miles de dólares mensuales en gasolina, comida, guaro y teléfono gratis, carros exonerados de impuestos y becas del gobierno para educación, así como cientos de miles de dólares en salarios para empleados que sabemos realmente dónde terminan. Entonces, con qué moral se puede negociar, considerando que en una negociación las partes deben hacer sacrificios, pues obviamente no se puede conseguir todo. Pero –como vemos– el gobierno accede a todo, porque, justamente, carece de moral para rebatir lo que ellos mismos hacen.

Así las cosas, es fácil concluir que los negociadores de ambos bandos saben bien que lo que se ha conseguido en la mesa son soluciones que alivian, mas no curan. Y es un fracaso, porque este país hace tiempo necesita una intervención quirúrgica en vez de estas curitas, y porque esta mesa ha sido excluyente. Para cuando les toque el turno a los que no están, ¿dónde quedarán sus sugerencias, si éstas chocan con lo que ya se ha aprobado?

Esta contienda tiene dos ganadores: Méndez, por un lado, y el gobierno, por el otro. El gran perdedor, una vez más, es el pueblo, engañado con aspirinas mientras lo consume el cáncer.


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