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Sábado picante

Argentina está afrontando serios problemas en su economía por su galopante deuda. Su acceso a los mercados internacionales de crédito está prácticamente cerrado, precisamente porque su crédito es tan malo que es un riesgo. Nosotros, en Panamá, no estamos así, pero lo que es un hecho es que nuestra deuda está creciendo rápidamente y hay asuntos, como el de la Caja de Seguro Social que, a pesar de ser una enorme piedra en el camino, solo se hace a un lado para seguir pidiendo plata prestada.

Tomar conciencia de que la deuda tiene un tope y que nos estamos acercando a este, no parece una prioridad entre los funcionarios. Los diputados, en su afán de garantizarse fondos en cargos de elección alternativos, en caso de perder la reelección, buscan fondos estatales que les permitan –en cargos como alcalde o representante– mantener sus gastos por encima de lo que pueden lograr con su sueldo de servidor público.

El salario de los más altos dignatarios del Gobierno alcanza para vivir cómodamente, pero no para acumular millones de dólares. Aun así, muchos de los nuevos ricos o terratenientes de Panamá han salido del servicio público, sin importar el color del partido que ha gobernado el país. Todos han estado en lo mismo; quizá varíe el monto o la extensión de sus nuevas fincas, pero lo que es un hecho es que se garantizan una vida tan holgada que les permite, incluso, vivir sin trabajar, gracias al Estado.

De estos sobran ejemplos. Antes, esos nuevos ricos salían del Ejecutivo; pero ahora también del Legislativo. El partido o candidato independiente a la Presidencia que desee cambiar las cosas tiene que pasar necesariamente por controlar el Legislativo para que trabaje a favor del pueblo, porque lo que es ahora, es un infame foco de corrupción, donde los millones abundan para satisfacer a los diputados.

Quien gane en 2024 tendrá que resolver los peores problemas que administración alguna ha enfrentado: deudas, desempleo, subsidios, corrupción, un Estado desbordado, una educación paleolítica, inoperantes sistemas de salud, justicia y seguridad; una burocracia ineficiente, la ineptitud de innumerables funcionarios, leyes obsoletas o hechas a la medida. Eso es lo que heredará el próximo gobierno, pero solo unos pocos están conscientes de que, tras esta fiesta con nuestros impuestos, somos nosotros —los ciudadanos— los que sufriremos los efectos de la goma y, en muchos casos, sin haber tomado un solo trago.

Nuestras circunstancias —con algunas diferencias— son semejantes a las de Argentina, pero nuestros políticos están tan ocupados en talar el árbol que pierden de vista que queda poco bosque. Su cultura provinciana hará que saltemos al panorama mundial como uno de los países que, teniendo todo para alcanzar niveles aceptables de desarrollo humano y económico, terminemos en las listas de países tercer o cuartomundistas.


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