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Sábado picante

Las protestas de esta semana, motivadas por los problemas que sufre Colón, son justificadas en buena parte, pero no tendrán solución sin que estas pasen antes por las manos de los colonenses. Me refiero a que los problemas de esa ciudad son complejos y, si le sumamos el abandono, las cosas no mejorarán, solo empeorarán.

Pero, si Colón está así, es porque los hijos, en general, lamentablemente carecen de los criterios ciudadanos para elegir a sus autoridades locales y nacionales. Eligieron a políticos que pertenecen a ese bodrio de funcionarios incompetentes que solo les importa su bolsillo. Por ejemplo, Alex Lee, su alcalde, se autoimpuso ingresos de más de $10 mil al mes. Mientras que las propuestas legislativas de sus diputados a favor del bienestar de la colectividad –incluyendo a los colonenses– tienen la resonancia de un caracol muerto.

No es que en el resto del país las cosas sean distintas. Hay provincias en las que los electores cargan a hombros el pesado lastre de la incompetencia, porque así lo decidieron voluntariamente o porque se comprometieron en transacciones comerciales en las que vendieron sus conciencias por un pavo navideño. No, Colón no es la única en donde la magia de la Navidad nos regala lo peor de la política. Bocas del Toro, Coclé, Herrera, Panamá, etc. Nadie se salva.

Entonces, ¿por qué Colón? La respuesta, una vez más, tiene que ver con el dinero. Colón tiene y genera riquezas y los oportunistas políticos sienten su aroma a kilómetros de distancia y, atraídos –como la carroña seduce a los buitres–, se lanzan a robarla, camuflando su condición de rateros con el ropaje y el maquillaje que acompaña la silla o la curul que los electores le vendieron por roscas de pan.

Pero, además, Colón es la puerta de las oportunidades para las pandillas que florecen en busca del dinero en las drogas. La complicidad de las autoridades, el miedo, el caos, la pobreza de su gente y su dependencia del gobierno, la falta de valores y de educación y la emergente cultura que valora la corrupción como la salida de sus problemas, son el caldo que le da vida a los problemas de esa provincia.

Nunca antes las pandillas han sido tan poderosas: las drogas proporcionan dinero a manos llenas y eso les permite comprar sentencias, fiscales y jueces, así como costear campañas electorales y, con ello, el goce de la misma protección e impunidad que gozan sus colegas, los pandilleros políticos. Y probablemente acceso a nuevas formas de lavar dinero, a través de obras del Estado. Es una simbiosis tan efectiva como peligrosa.

En resumidas cuentas, la solución a nuestros problemas –incluidos los de Colón– no son las marchas ni que diputados traidores de sus electores griten justicia en jornadas de protestas ni que otros arreglen lo que ellos –o nosotros– elegimos ser y tener. La solución es dejar de vendernos a estos esclavistas políticos que saquean y conducen el país a su autodestrucción.


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