Esta semana, dos hechos se pelean la máxima jerarquía noticiosa: el fentanilo y los comicios de Cambio Democrático (CD). En otro partido, este proceso no habría tenido mayor trascendencia. Entonces, ¿por qué la alharaca? Se debe a Ricardo Martinelli, el líder de sus propias encuestas. Según sus mediciones, nadie le ganaba, ni siquiera en el remoto caso de que se unieran todos los otros partidos políticos en su contra. Tan seguro estaba de eso que se atrevió a meterse –sin invitación– en las elecciones de su antiguo partido, el CD.
Después de todo, él lo fundó y reglamentó a la exacta medida de sus pretensiones, sin calcular que también sirvió para dejarlo sin partido en 2018, con ayuda de su hoy aliada Yanibel Ábrego. Y en este juego de ajedrez, la dama fue Ábrego: movió las fichas del tablero para hacer un gambito, pero el revés fue desastroso... para ambos. Y como la derrota es amarga, la bilis de los perdedores empezó a desbordarse en redes sociales y en conferencias de prensa. Obviamente, el resultado no agradó a Martinelli, quien en un tuit –que leyó medio Panamá y que luego borró– se apartó de la aparatosa calamidad, como el que lanza la piedra, esconde la mano y, silbando, huye.
La valentía no solo consiste en enfrentar al adversario, sino en saber aceptar el fracaso. Eso es de caballeros, pero, ¿qué podemos esperar de alguien que reemplazó el honor por su desmedido egocentrismo? Incluso, abandonó a la dama vencida, que ahora está casi sola, con uno que otro del atajo de diputados desperdigados, ante la imposibilidad de postularse para reelegirse desde CD. Sufren el destierro político y empiezan a conocer la amargura de la traición, no sin antes haber traicionado al partido que, por ello, los mandó a los circuitos del nunca jamás.
Pero hay algo que agradecerle a Martinelli: sus cuentos fueron la carnada que se tragaron estos peces gordos. Y ahora, ni chicha ni limonada. Nadie los extrañará, pero lo más penoso es que si Martinelli no pudo convencer a su antiguo partido, ¿qué le queda? ¿Convencer a un país –testigo de su descontrol, burlas y mentir as– de que él es la mejor opción del mercado electoral? Han sido sus excopartidarios los primeros en castigar sus excesos, pues, literalmente, fueron escalones para que la familia –al menos sus hijos– se llenaran de plata del Estado a través de Odebrecht y quién sabe qué más.
Es una derrota dolorosa, inesperada y brutalmente despiada cuando la contienda electoral ni siquiera ha empezado oficialmente. La desmoralización debe ser del tamaño de sus ganas de volver a ser presidente. Esclavo de su pasado, solo puede ofrecernos un futuro lleno de oscuridad, de acusaciones, de burlas a la justicia, de traiciones y de cobardía. Y en cuanto a Ábrego, ella será víctima de su propia vara: la puso tan alta al repartir tierras entre sus electores que un jamón ya no es suficiente. Tendrá que obtener y compartir más tierras, piso y techo y millones para satisfacer su masa clientelar. Si quiere volver a ser diputada por otro partido no le queda más remedio que hacer el cambio... ¡Ya!
Sobre el fentanilo, no hay mucho por decir. Enrique Lau ha debido dimitir, pero como no lo ha hecho, el bello durmiente –ese que reemplazó el taburete por una hamaca– debió exigirle la renuncia o renunciarlo. Pero ya el presidente nos hizo saber que está muy a gusto con los olores que el resto no tolera ni un poquito.
