¿Quién reemplazará a Sixto Martínez? Me hacía esta pregunta mientras transcurría una acalorada homilía del padre Eugenio, en la Catedral de Penonomé. El cuerpo inerte de Sixto yacía en un féretro castaño, frente al altar, custodiado por sus cuatro costados por estudiantes de uniforme caqui del Instituto Nacional de Agricultura, del que también era egresado Sixto. Sentados a sus flancos, su esposa, hijos sobrevivientes, nietos, sobrinos.
No fue una escena distinta a los sepelios a los que he asistido –ahora más frecuentes de lo que deseo– pero a diferencia de otros, tengo gratos recuerdos de Sixto, padre de uno de mis amigos del colegio. Él me lo presentó años atrás. Quizá por ello, Sixto solía leer esta columna, y luego se la leían, al entrar a estos últimos años de una fructífera vida de 95.
Sixto no era político, pero tenía posiciones políticas. Como dijo su hijo mayor, “la corrupción le incomodaba, le disgustaba” y me consta. Sixto solo era un ciudadano de a pie, un educador preocupado por el país. Era, además, agricultor y un gran amante de la naturaleza, algo que transmitió –casi como ADN– a sus hijos, que siguieron su ejemplo como docentes, como defensores del medio ambiente o como ambos. Sixto sembró en la tierra de sus amores, pero también en su hogar, escuelas y colegios. Solo espero que esas semillas den tanto fruto, como lo son sus hijos.
Recordé mis conversaciones con él, sus comentarios, sus preguntas, sus opiniones. Llegó a regalarme frutas, incluso, algunas desconocidas para mí, pero comunes en su inventario mental. Creo que el mundo es un poco mejor por Sixto y toda la semilla que dejó germinando. Y entre padre nuestros y ave marías me preguntaba, ¿quién reemplazará a Sixto Martínez? ¿Quién llevará ahora su antorcha? ¿Quién tomará el testigo en esta carrera de relevos? Panamá se queda sin líderes, y me refiero a líderes que, sin importar el campo en el que estén, sirvan de referencia para que seamos mejores ciudadanos.
Lamento la partida de hombres como Sixto Martínez o como Guillermo Sánchez Borbón, patriotas que desde un rincón y sin más satisfacción que hacer lo correcto, dieron de sí parte de su vida para que todos viviéramos en un país que hoy, más que nunca, necesita de líderes honestos, comprometidos y desprendidos.
Al examinar lo poco que conocí de Sixto, no puedo menos que sentir un vacío. A muchos de los que leen esta columna no les dirá nada su nombre o su callada labor como orfebre de ciudadanos, pero su falta es como la que deja el árbol talado en la selva: nunca lo vimos ni nos dimos cuenta de su presencia, pero cuando nos empiece a faltar el aire, en ese momento todos nos daremos cuenta de su ausencia.
Sixto no actuó para que le colocaran una medalla en el pecho, aunque creo que la merecía por su conducta y compromiso, ni por las fanfarrias ni el halago fácil. Actuó como un buen ciudadano. Y, pese a que estoy seguro de que esta columna Sixto la encontraría inmerecida, siento que se la debía. Llega cuando ya no la puede leer ni escuchar, pero dejo constancia de que el país ha perdido un hijo que iluminó muchas vidas. Y ahora, en su ausencia, me pregunto, ¿cuántos Sixto Martínez nos quedan? Quiero pensar que suficientes para hacer de Panamá ese país con el que tantas veces soñó Sixto.
