Llegué a La Prensa en marzo de 1995. Hasta pocos meses antes, había trabajado en un ramo opuesto al periodismo. Después de dos años de eso, volví a la carrera y decidí entonces probar suerte en este medio, en el que quise trabajar desde su fundación. Y no eran las notas de los periodistas las que atraían mi atención, sino la columna En Pocas Palabras, que magistralmente escribía Guillermo Sánchez Borbón, quien, sin ser un periodista “idóneo”, tenía en su columna tanta o más información de la que el resto del plantel de reporteros ofrecía.
Ese verano conocí a Sánchez Borbón en la redacción de La Prensa. Guillermo no atraía la atención. Era explícitamente sencillo. Nunca he conocido persona con más desapego a lo mundano: no tenía carro, creo haberle visto un par de zapatos y tres guayaberas; ni siquiera estoy seguro de que tenía dinero en su billetera. Sin embargo, no creo que la haya necesitado, pues su riqueza era su inigualable nobleza y su infinita cultura.
Esta semana, en Isla Colón –en su muy querida natal Bocas del Toro– fue develado un mural en su honor para recordar al poeta, novelista, periodista y su genial obra El Ahogado, pero a mí me gusta recordar a Guillermo como el extraordinario ser humano que fue. Aunque me lo propusiera con todas mis fuerzas, jamás alcanzaría la huella que dejó. Los que lo conocimos gozamos de uno de los mayores privilegios que el tiempo muy rara vez nos ofrece.
Su enorme acervo cultural era como uno de los tres deseos que concede el genio de la lámpara: quiero ser sabio… y se lo concedió. Era, además, valiente como pocos he conocido. En una época en la que era prohibido hablar, Guillermo podía hacer gritar al silencio; la amenaza de sufrir cárcel por expresarse era como una invitación para decirle a los militares, ¡váyanse al diablo! Era libre en un país esclavizado por las armas.
Guillermo fue un héroe, aunque él nunca habría aceptado que lo llamaran de ese modo; fue un maestro para generaciones de periodistas y escritores; influyó en la vida nacional como poco se lo imaginó, y todo desde una máquina de escribir, un ordenador o con un bolígrafo de 15 centavos. Ser el humano que fue Guillermo es para la gran mayoría de todos nosotros un sacrificio, pero para él era la plenitud, un eterno estado de equilibrio y felicidad.
A veces, cuando lo recuerdo en la Redacción, charlando y bromeando con todos –y me refiero a todos, desde el director hasta el personal de aseo–, lo extraño y no puedo evitar pensar cuánta falta nos hace a los panameños más personas como él. Pero sería un acto de extrema mezquindad reclamar a Guillermo como propio exclusivamente; él es alguien que, gracias a la claridad de su pensamiento, sus obras y calidad humana, hizo de este mundo un mejor lugar para vivir.
Y por ello me pregunto cómo es que una de las bellas provincias panameñas como Bocas del Toro –musa de obras sin par– pudo engendrar, con algunos años de diferencia, extremos tan opuestos y disímiles: ciudadanos que pertenecen al mundo entero y orgullo de nuestra nacionalidad y, al mismo tiempo, cretinos que avergonzarían la fetidez de una letrina. Sobra explicar a quién me refiero.

