Esta semana, en el programa Perspectiva, que se transmite en la emisora Omega Stereo, su conductor, Guillermo Adames, entrevistó al diplomático y politólogo Marcel Salamín, que en 2021 fue invitado a ser parte del equipo panameño que negociaría un nuevo contrato con Minera Panamá, aunque no permaneció mucho tiempo, por lo que vio y concluyó de esas “negociaciones”.
Lo primero que me llamó la atención de esa entrevista es que, en vez de ser conducido al despacho del presidente, Salamín dijo que lo llevaron al del vicepresidente Gaby Carrizo, para sostener una reunión antes de ser presentado como parte del equipo negociador. No sé qué pintaba Carrizo en unas negociaciones que estaban lejos de su liga. Dificulto que tuviera la madurez y lo que “Salamanca no presta” para dirigir o decidir sobre algo que apuntaba muy, muy arriba de él.
Y digo dirigir, porque Salamín describió lo que aconteció en ese encuentro con Carrizo: “El vicepresidente se puso en pie, agarró un libro del general [Omar] Torrijos –que se llama La línea– y comenzó a leerme una línea específica: ‘Cuando el comandante decide, los subalternos obedecen’”. Salamín preguntó para qué lo habían llamado, si lo que querían era obediencia total. Y, según el diplomático, Gaby le respondió: “Tú sabes lo que significa…”
Me pregunto a cuántos más el señor vicepresidente le ha leído ese pasaje, en el que es obvio que Torrijos empleó términos de la jerga militar. Pero el señor vicepresidente parece no estar al tanto de todo lo demás que ha dicho su líder, como, por ejemplo, “entre más se consulta, menos se equivoca uno” o “ningún interés privado puede primar sobre el interés de la comunidad”. Pero esas no fueron las reflexiones que recibió Salamín. A él le pidieron obedecer.
El contrato con la minera es un asunto del que poco sabemos. ¿Cómo se llegaron a las concesiones a las que tendrá derecho y a cambio de qué? Las protestas por el contrato han sido violentamente reprimidas y las discusiones en la Asamblea Nacional han sido poco transparentes. Según Salamín, poca atención recibieron los panameños negociadores y mucho más los de afuera, que eran los que tenían armada la estrategia.
Cuando Salamín presentó su propuesta –que en nada se parece a lo que hay andando en la Asamblea– prácticamente se rieron de esta. Pero él les replicó, con la experiencia que trae la práctica, que más difícil era una negociación con la Nación más poderosa del mundo y bajo circunstancias poco favorables para Panamá y, aun así, se pudo conseguir que Estados Unidos devolviera el Canal, después de casi un siglo de usufructo y todo logrado por negociadores locales.
No sé de qué clase eran los negociadores en este contrato, pero estoy seguro de que se pudo conseguir algo mucho mejor, más equitativo y menos vergonzoso. Y de lo otro de lo que estoy seguro es que la arrogancia menospreció a personas que habrían sido valiosas en creatividad, en la negociación, en sus compromisos. Pero lo que pidió el gobierno –no se de quién, si del primero o del segundo– fueron vasallos. Y asumir ese rol no sirve de nada en un proceso negociador. Como siempre, unos ganarán –los otros– y otros perderán –nosotros–.
