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Sábado picante: La puerta giratoria de Mulino

Sábado picante: La puerta giratoria de Mulino
El presidente José Raúl Mulino. Cortesía

No acabo de entender al presidente Mulino. Es contradictorio y francamente ya aburre, porque sus discursos se alejan tanto de sus acciones que empiezo a pensar que es un mitómano.

El lunes pasado volvió a quejarse de que el crimen organizado y los narcotraficantes son beneficiados con medidas judiciales: algo que llamó “puerta giratoria”, que es cuando un presunto delincuente es detenido por la supuesta comisión de delitos graves, pero acto seguido, un juez decreta su libertad, pese a ser un riesgo importante para la sociedad.

Mostró su desaprobación por el hecho de que los agentes de policía arriesgan sus vidas en operativos para la captura de drogas y armas, pero luego son devueltos a sus casas para, desde allí, volver a sus actividades delictivas.

Hasta aquí, todo bien. Concuerdo con lo que dice, pero hasta allí, porque lo que él hace es ofrecer esa misma puerta giratoria para sus copartidarios y amigos. ¿O es que se le olvida que él firmó un salvoconducto para que un delincuente condenado por lavado de millones de dólares saliera del país, y ese, desde donde está, no hace más que restregarnos a la cara su inmerecida libertad y su derroche de dinero, sin contar que se burla de todos nosotros todos los días, incluso de su benefactor, el presidente de la República, que, solo para complacerlo a él, convirtió el lavado de activos –un delito común– en delito político?

Mulino se queja de la delincuencia común, pero no dice una sola palabra cuando los que reciben el “favor” son sus amigotes, que tienen de santo lo que él tiene de tolerante. Es más, en un acto de venganza, hasta le rebajó la pena a un ladrón quele robó a este medio de comunicación $2.5 millones. ¿Qué clase de persona es alguien que, consumido por su odio, bilis y afanes revanchistas, celebra con sus miserables acciones la impunidad que consume y destruye a este país?

Le recuerdo al presidente que en los últimos meses esa misma puerta giró para evitar que, en el caso de las indemnizaciones de los Diablos Rojos, ninguno de los 185 imputados –incluida gente de su propio gobierno– recibiera castigo alguno. También giró para Mario Martinelli, acusado de perpetrar una lesión al patrimonio del Estado de más de $12 millones, y el presidente, personalmente, ofreció la puerta giratoria para rebajarle la pena a la esposa del ladrón de Guillermo Ferrufino. Han sido decenas de millones de dólares arrojados a los bolsillos de políticos y amigos, pero a Mulino no lo escuché quejarse ni una sola vez.

Y francamente, estoy harto de escucharlo cuando dice que la delincuencia común no recibe el castigo que se merece, pero tampoco lo reciben esas pandillas políticas que nos gobiernan solo para robar; estoy harto de su discurso hueco e hipócrita; un farsante que se rasga las vestiduras quejándose cuando un juez envía a casa a esos pandilleros para seguir delinquiendo, pero que, sin pensarlo dos veces, libera a la escoria política que le robó el futuro a decenas de miles de personas. ¿Por qué escarmentar a unos y a otros no? ¿Qué clase de presidente es el que ha decidido que está bien castigar al pandillero de short y chancleta y no al de cuello y corbata?

¿Acaso Mulino es tan ciego que no puede ver que los abogados de su padrino político también defienden en los tribunales a los narcos de los que él se queja tanto? ¿No recuerda que quiso apoyar a una de esas abogadas de narcos para que fuera nada menos que presidenta de la Asamblea Nacional? ¿Por qué no se queja de que hay abogados condenados por narcotráfico que trabajan para su mentor y para diputados?

¿Ignora que hasta uno de ellos solía robarles el reloj a desconocidos, pero especialmente a sus propios amigos? Ese es su círculo de aduladores ¿y se queja de sus clientes?

¿No recuerda con quién se paseaban sus hijas en la famosa villa diplomática? ¿Y qué me dice del Consejo de Seguridad, que tiene inteligencia que asusta sobre allegados y diputados? Mire, presidente, si va a quejarse de la delincuencia común, está bien, pero no olvide incluir en el mismo saco a la delincuencia política –en especial la que es más cercana a usted–, porque esta es tan nociva y peligrosa para el país como lo es un presidente cegado por la venganza y el revanchismo, incapaz de ver que su permisividad nada tiene de diferente a la de los jueces que envían a casa a esos delincuentes de los que se queja.


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