El mayor gigante político que ha tenido Panamá en su historia fue el PRD. Y digo fue, porque, aunque todavía conserva el mayor número de miembros inscritos en un partido —unos 550 mil—, en 2024, se desmoronó un mito: entre más inscritos, más oportunidades hay de ganar una elección… y de negociar alianzas liderando una coalición. Ese año, en la contienda presidencial, el candidato responsable de la más humillante derrota electoral que haya sufrido el PRD en toda su historia fue Gaby Carrizo. Pero no fue el único culpable.
La degradación como opción política fue brutal. En 2019, Laurentino Cortizo ganó la Presidencia con 633 mil votos. Para entonces, solo Martín Torrijos lo superaba en votos: 711 mil le dieron la Presidencia en 2004. Ni siquiera en el peor momento de su historia –en 1989– el PRD había sido derrotado de forma tan insultante. Ese año, el candidato Carlos Duque Jaén obtuvo 185 mil votos, aunque fue un número significativo, pues el electorado era mucho menor que el actual.
Carrizo ni siquiera pudo acercarse a los primeros lugares: con mucho esfuerzo, solo logró 134 mil votos en todo el país, 126 mil del PRD. Hasta Mayer Mizrachi le sacó ventaja –161 mil votos– para el cargo de alcalde.
Si Martín Torrijos decidiera crear su propio partido, el PRD pasaría a ser del montón, junto a los que no pasan de 300 mil inscritos. El hijo del que hizo posible la existencia del PRD logró apuntarse mucho más del doble de los votos que Carrizo: 365 mil votos y en clara desventaja: sin partido, sin tanta plata, sin organización y una candidatura casi improvisada. Entonces, si se diera la escisión, ¿qué pasaría?
Al observar al PRD, percibo agonía, estertores. Los lodos le llegan al rostro a los que aún guardan esperanzas, aferrados a unos pocos troncos que aún flotan sobre la incertidumbre. Si hay gritos de auxilio, estos están ahogados como la propia existencia del partido, cuyos miembros parecen resignados o impotentes ante el desastre que barrió y enterró al mayor partido del país, que en su mejor momento llegó a tener 750 mil adherentes.
El responsable directo de la catástrofe enfrenta un proceso de enriquecimiento injustificado. Pero, aunque está “preso” en su casa, no se siente derrotado. De hecho, hasta posó para ser fotografiado cuando era conducido –esposado– a una audiencia, foto que todos los políticos le rehúyen desesperadamente. Razones tendrá para haber posado, a pesar de que los hechos poco lo acompañan.
Carrizo pasó de ser un insípido mortal en 2024 a ser parte del Olimpo. En mayo de 2019 –dos meses antes de ser juramentado vicepresidente– declaraba ingresos ante la Caja de Seguro Social de $653 mensuales (que le pagaba una empresa familiar: Grupo Gali). Cinco pasos de baile después, en 2024, declaró $9 millones de patrimonio familiar. Antes de ser funcionario, pasó de vivir en una modesta casa en Penonomé a residir semanas después en un apartamento de $1.5 millones, en una de las zonas residenciales más exclusivas del país. Con ese dinero, habría podido comprar el equivalente a 25 casas en el barrio donde residía.
El otro responsable del desastre es el director del equipo: Benicio Robinson. Ni siquiera por vergüenza ha dimitido. En su lógica, presumo que piensa que la derrota fue del candidato, no de él. No renunciaría ni aunque el PRD se parta en dos. Ese no es su problema ni le preocupa. Su única meta es ganar el título –no la responsabilidad– de presidente del PRD. Lo demás es asunto de otros, no de él.
Si medio PRD se marcha con Torrijos, Robinson culpará a otros, no a él; si el PRD vuelve a perder la Presidencia, culpa de otros, no de él; si el partido solo saca tres diputados, los responsables serán los perdedores, no él; si el PRD se vuelve irrelevante, no será su culpa, será de otros. Incluso, si Robinson pierde su curul, será por culpa del clima, porque ese día llovió o quizás le hicieron trampa, pero jamás asumirá la responsabilidad de absolutamente nada.
La crisis que viven los partidos políticos la pretenden solucionar eliminando la posibilidad de que los independientes ganen, pero en ningún caso los partidos pretenden cambiar. Es preferible reformar el sistema, las reglas, la ley, la Constitución, hasta las costumbres, pero los políticos no. ¡Nada de cambios! Prefieren contemplar cómo se hunde el barco que reparar los daños, ignorando que ellos son, precisamente, el barco.

