El pasado lunes participé en un foro organizado por el colega Álvaro Alvarado en el que, entre otros, participó el analista político José Eugenio Stoute, quien hizo una revelación que creo debe ser analizada detenidamente, porque las consecuencias son inimaginables. Esto es lo que dijo Stoute:
“Hay un candidato que tiene un pacto con uno que no puede ser candidato. Un pacto formal que, de ganar la Presidencia, va a llevar a la Asamblea [Nacional] una ley de amnistía para todos los condenados por los casos de corrupción durante su gobierno… Y está pactado también, si logran mayoría en la Asamblea, convocar a una asamblea constituyente originaria, y la destitución inmediata de todos los magistrados de la Corte Suprema de Justicia y el nombramiento de sus magistrados”.
Stoute se refería al candidato del partido RM, José Raúl Mulino, y el ¿excandidato? Ricardo Martinelli. Al margen de lo que dijo que quieren hacer con la amnistía y la separación de los magistrados, lo que me preocupa es que esta pila de delincuentes pretenda promover una constituyente, porque lo que buscan es confeccionarse una Constitución a la medida. ¿Pueden imaginar el alcance de una Constitución hecha por los delincuentes pasados y futuros?
No albergo duda alguna de que una nueva Constitución será una de las primeras tareas de Mulino si gana. Esto, obviamente, después de liberar a su pandilla y líder. No quiero asustar a nadie, pero no voy a disimular el terror que me causa que la peor maleantería del país redacte una nueva Constitución. Es como si le diéramos poder a Cholo Chorrillo para hacer un nuevo Código Penal. Y como están las cosas, este pueblo –ciego, sordo y zombie– será su propia víctima, dándole el voto a sus victimarios.
Las posibilidades de una constituyente originaria son infinitas: Reelección inmediata; reformas profundas –y a la medida– al Órgano Judicial, justicia electoral; Ministerio Público, Contraloría, DGI, Tribunal de Cuentas, etc. Se acomodarán para perpetuarse y gozar de impunidad; fueros, privilegios e inmunidades brillarán en la nueva Carta Magna, y todo vestigio de institucionalidad será borrado con frases que abrirán a discusión lo que significan, sujetas a interpretaciones que definirá una Corte Suprema designada por maleantes. Ni siquiera me extrañaría un capítulo para abrir el país a la minería, porque plata es lo que quieren y las minas son fuentes de riqueza… para ellos. Y eso solo para empezar.
Pero, si el pueblo despertara y quisiera rechazar el nuevo paraíso delincuencial, aquí se desataría el infierno. Creo que las protestas callejeras sería tan o más graves como los de la minería, con la desventaja de que tendremos un presidente que no le temblará la mano para aplastarlas, con muertos y heridos. Ya vimos de lo que es capaz de hacer cuando fue ministro de Seguridad.
Si los candidatos presidenciales que rivalizan con Mulino no hacen algo ahora, les puedo asegurar que no tendrán la menor oportunidad de presentarse o de competir en próximas elecciones. Y, sin duda, tendrán su grado de responsabilidad en lo que acontezca con nuestro futuro como Nación. Como vaticina Stoute, en las próximas elecciones “nos estamos jugando el país”. Y si los candidatos no lo entienden, desde ya podemos despedirnos de nuestra democracia tal como la conocemos.

