Estos días de fiestas, en los que celebramos la antesala de la Navidad, graduaciones y el fin del año, nos pillan desprevenidos para una tragedia en ciernes. No me refiero a accidentes vinculados con choferes etilizados, o a niños perdidos y encontrados sanos y salvo, para alegría de sus familiares, después del desfile de Navidad. Aludo a los miles de niños y jóvenes en riesgo académico, con el perfil perfecto para reprobar el año escolar y/o, a futuro, dejar la escuela.
Las estadísticas demuestran que las deficiencias escolares son la antesala del abandono escolar. 2016 fue el año con el mayor porcentaje de alumnos de planteles oficiales reprobados en 14 años (7.9%): 48 mil estudiantes. El abandono escolar nos concierne a todos: el 90% de los delitos son cometidos por desertores del sistema escolar. Esta situación amenaza la sostenibilidad del modelo de desarrollo del país, pues es una población dependiente y en riesgo social. ¿Es responsabilidad solo de los centros educativos esta dramática situación? Es una culpa compartida.
En el caso de los padres de familia, no es aceptable que, por diversos motivos, no se cercioren y promuevan que sus hijos asuman el deber de educarse, pues el derecho a la educación es el primer derecho humano para el ejercicio pleno de derechos sociales, políticos, cívicos, económicos y culturales. En cuanto a las autoridades, deben fortalecer los mecanismos de alarma temprana, a fin de crear redes interinstitucionales de prevención del abandono escolar. La sociedad entera debe acompañar lo que acaece en la escuela.
¿Y el estudiante? En los últimos estudios internacionales, se destaca que los alumnos deben empoderarse de sus aprendizajes. El solo hecho de que asistan a un colegio, aun en precarias condiciones, es una oportunidad que deben aprovechar.
Los jóvenes -aun con las capacidades necesarias- dejan la escuela por motivos como conflictos en el hogar, falta de seguridad en las escuelas o fallas formativas en materias básicas que les impiden completar, de manera exitosa, trayectorias escolares completas. La tragedia es aún mayor cuando desertan porque consideran a la escuela aburrida.
Es crucial que la escuela sea atractiva; un espacio de esperanza, y por qué no, de diversión. La escuela se transforma en ese espacio de aventuras y alegría, cuando se incorpora la emoción a las experiencias de aprendizaje.
Educación 2020 de Chile presentó, hace una semana, un modelo de redes de tutorías en Panamá. Originario de México, novedoso y fácil de implementar, hoy es utilizada su metodología con resultados positivos, en 35 mil escuelas mexicanas y, en Chile, en regiones alejadas como la Araucanía y Temuco. Escuelas de Tailandia y Singapur también han adoptado este modelo en el que, jóvenes, con una metodología innovadora, se empoderan de su aprendizaje, a través de la construcción de un interés compartido entre el que enseña y quien debe aprender. Es un aprendizaje entre pares, en el que el profesor enseña a sus estudiantes técnicas de tutoría que, a su vez, se convierten en estrategias de enseñanza que comparten entre sí sus alumnos. Se crea una comunidad educativa vibrante en la que los alumnos aprenden y asumen, de manera divertida, el deber de aprender. Se inicia el debate con preguntas como “¿A qué sabe la luna?”, interrogantes creadas por los propios alumnos, con una metodología basada en el método inductivo.
Hay resultados alentadores de mejora académica y conductual de los beneficiarios donde ha sido implementado ¿El mensaje de fondo? ¿A quién no le gustaría saber a qué sabe la luna? Hagamos de la escuela un espacio divertido y salvaremos el futuro de miles de jóvenes.
La autora es miembro de Unidos por la Educación